Desde Suecia: Un regalo de navidad muy especial y diferente

Por: J.C. Pérez, 16 de Dic. 2024

Este día, a diez días de la navidad de este año 2024, decidí corresponder a una llamada que me había estado solicitando una amiga que vive en Suecia.   La verdad es que no es cualquier “amiga.”  Ella es una conocida de más de 40 años.  En este momento debe tener unos 60 años, aunque lo niegue!  No nos comunicamos tan seguido, pero las noticias siempre han fluido ocasionalmente.  Tenemos varias experiencias en común.

Luego de establecer la comunicación y de preguntar por su hija y su marido.  Comenté un poco de mis dos viajes a El Salvador en este año y de mi vida en general.  Total, lo mismo de siempre en una época de final de año.

Me sorprendió que cambió de tema y me dijo: “La razón por la cual he estado queriendo comunicarme contigo es porque tengo que pedirte un favor.  Tengo que confesarte que por muchos años de mi vida yo he tenido un problema psicológico!  Cuando estoy bajo presión o depresión, me da por comer.  Además, desafortunadamente, lo he combinado con el alcohol.  Finalmente, a mi edad, he decidido buscar ayuda profesional.  Me he inscrito en un programa que se parece a los Alcohólicos Anónimos.”  

Yo pensé que quizás me iba a proponer fundar la sucursal de ese programa aquí donde vivo o algo así.  Sin embargo, prosiguió explicando: “Le dije a mi consejera que te iba a llamar.  Ella me sugirió que no te llamara, que no era aconsejable que yo me comunicara con antiguos amantes.  Sin embargo, quiero explicarte que necesito pedirte perdón si alguna vez te he causado algún daño.  Yo sé que no es fácil que la gente acepte este tipo de cosas, pero confío en que vas a saber entender mi necesidad de sacar estos remordimientos de mi pecho.  Debo buscar la paz de mi espíritu.  Por favor, necesito tu ayuda!”

Para poner todo esto en contexto, es necesario que hagamos un viaje al pasado.  Vamos cuarenta años atrás y en una universidad gringa.  Corría el año 1983.  Yo tenía varios asuntos entre manos y estaba forzado a tomar decisiones.  Para comenzar, había una estudiante que se me había pegado.  Habíamos tenido una relación por casi un año.  Al mismo tiempo, yo había hecho contacto con una organización política salvadoreña, ligada a una de las organizaciones político – militares de la guerra civil.  Ya tenía el plan de aceptar el reclutamiento después de mi graduación.  Todo esto era en secreto.  Tenía que cortar la relación con la estudiante, porque allí lo único que había era atracción sexual y diversión.  Mientras definía mi estrategia para convencerla que todo se terminaba, llegaron unos estudiantes españoles, acompañados de gringos que habían estado participando en un programa de intercambio estudiantil.  Regresaban de España.  Era el turno de los peninsulares para vivir en la ciudad y asistir a la universidad.  Allí encontré la oportunidad perfecta: Una de las gringas que regresaba se me pegó como la gripe.   Era la jugada perfecta: Empezaría una relación nueva con ella y la otra iba a entender que ya no había nada.

Todo iba sobre ruedas o “sobre camas,” podría decir, la estudiante se enemistó conmigo por la traición, aunque yo fui claro que todo se terminaba, porque comenzaba algo nuevo.  Al final, terminaron haciéndose buenas amigas.  Ja !

Así, la nueva víctima era precisamente esta amiga de la llamada.  Desafortunadamente, esa efímera relación terminó tocando nuestras vidas: Ella salió embarazada!  Todo mi plan se desbarató.  Tuve que aparentar responsabilidad.  Le propuse que, aunque apenas nos conocíamos, yo aceptaba la paternidad.  Había una realidad: Al graduarme y dejar de estudiar, yo me quedaba indocumentado.  Así que, proponía que nos casáramos.  Ella era inmadura y quiso buscar otras opciones.  Terminó dejando de estudiar y regresó a vivir con su familia a la capital del Estado, a unos 90 kilómetros de allí.

Ese período fue muy tenso para ambos.  Ella se iba con nuestro hij@ y yo tenía mi corazón partido en dos, porque ya tenía el compromiso de incorporarme a la guerra.  Las llamadas telefónicas se convertían en pleitos, porque no tenía nada más que ofrecer y ella decía que su familia no la apoyaba.  Al fin, terminó regresando a Europa, a Suecia a iniciar una relación con un fulano de tal que había conocido en un viaje en tren que había hecho, antes de su regreso.

El último pleito fue porque yo le dije que había escrito una carta de 13 páginas para nuestro retoño.  Le especifiqué que solamente le pedía el favor de guardarla y que ella decidiera a qué edad haría la entrega.  Para mí, el tiempo no era importante: 18 ó 21 años, por ejemplo.  Ella quiso saber qué decía la carta.  Por principio, me negué a entregársela sin su promesa de ser como la señora que entrega el correo.  Ella tenía la dirección de mi familia en El Salvador, porque pensé que era importante que hubiera algún tipo de comunicación.  Yo, por mi lado, consideraba que iba hacia la clandestinidad.  Mi familia no supo más de mis pasos por más de un año.  Terminé trabajando en la ciudad de Nueva York.  Mi madre, eventualmente, llegó a visitarme un par de años después, no sin proponerme que dejara esa vida “de desperdicio de mi talento y futuro.”

Nunca supe más de ella ni de su paradero en Europa.  Mi madre me entregó varias cartas y fotos que ella le había mandado.  La noticia principal era que sí era cierto que había salido embarazada y había salido para Suecia, que estaba viviendo con su amigo, pero que había tenido un problema en su embarazo.  Nuestro hijo, Daniel, había nacido muy, muy prematuro.  Aunque estuvo en una incubadora, solamente vivió unos 9 días.  Fin de la historia, pensé yo.  Las fotos lo comprobaban: “Ni para Dios ni para El Diablo.”  A todo esto, corría ya el año 1985, más o menos.

Fue hasta el año 2002 que, con la maravilla del internet, recibí un correo electrónico de ella.  Al final del año 2006, me dijo que ellos habían procreado una hija después de Daniel.  Me decía que Andrea, de más de 21 años, había llegado a visitar a su familia en EUA y que iba viajando hacia el sur.  Que quería parar en El Salvador, para conocerme.  Se me revivieron muchos recuerdos.  Pensé que al fin iba a tener la oportunidad de cerrar ese capítulo emocional que había quedado inconcluso.  Llegó el 1 de enero del 2007 e hice mi mejor esfuerzo para ser un buen anfitrión durante una semana.  Siguió para otros países de Sur América.  Se encontró con varios de sus amigos y amigas suecas.  Según supe, después de varias paradas, salió de Brasil para Suecia hasta el mes de mayo de aquél año.  Tremenda vagancia!

Vuelvo al presente: Ya con esta explicación se podrá entender la importancia de su solicitud para que la escuchara y para asegurarle que entendía su necesidad de realizar una catarsis, que es un acto de liberación, purificación o limpieza, ya sea del cuerpo, de la mente o de las emociones.

Entonces, quedamos en paz, porque yo tuve que terminar confesándole que deseaba que me perdonara mi impaciencia e intentos de manipular su realidad para que cambiara sus decisiones.

Soy un ferviente creyente en “el principio de dar para recibir.”  La gente religiosa, estudiosa de la Biblia, dice “hasta en la Biblia está escrito…..”  Quiero aprovechar para explicar tres aspectos sobre ese principio: Si realizamos una acción que beneficia a un prójimo, nosotros mismos vamos a recibir lo que necesitemos en el momento preciso.  El acto se vuelve más importante cuando somos los únicos que podemos realizarlo.  Además, no debemos rechazar la ayuda de nadie (aunque pensemos que no lo necesitamos), porque le estaríamos coartando el derecho de esa persona de recibir su recompensa en el futuro.

Es así como entregué un regalo de navidad muy especial y diferente!

Sobre el regalo de navidad, un buen amigo me comentó:

Qué es bueno hacer la reflexión en el contexto actual.  Creo que ayuda a todos.  Antes me negaba a eso y Moisés me convenció, pues estábamos en un grupo de auto ayuda de 15 ex guerrilleros.  Nos preguntó 

  • ¿“Es bueno contar las cosas que vivieron en la guerra o no?”
  • Todos contestamos que no.  Luego preguntó 
  • ¿“Por qué?”  Contestamos varios 
  • “porque duele, porque lloramos.” Nos dijo 
  • ¿“Cuando se hieren con un cuchillo qué hacen con la herida?”  Contestamos. “la curamos”  Preguntó 
  • ¿“No les duele?  
  • Sí duele!”  Si no la curamos, se infecta la herida.  

Luego nos dijo 

  • “Pues es el mismo principio de la medicina, el de la Psiquiatría. Al contar, aunque duele, el cerebro guarda aquello.  Sigues con tu vida cotidiana y eso te ayuda a sanar.”