La Cuota

Por: Lobo Pardo

16 de Dic. 2024

Este cuento y sus figuras son producto de la fantasía del autor. Cualquier parecido a situaciones y personajes de la vida real sería pura coincidencia.

Gracias a los malabares electrónicos a que se atrevía Secundino (hijo varón), tuvo acceso la familia Micho al canal colombiano de televisión más popular en Centroamérica. 

Pidió Tacho a su mujer, esa tarde, le llevara la cena a la sala procediendo a acaparar para sí el televisor. Esperaba ansiosamente el noticiero internacional transmitido desde el país suramericano. Lo habían anunciado. Apareció en pantalla quien fue uno de los máximos comandantes guerrilleros salvadoreños, sentado frente a una joven periodista de verbo agudo y tenaz. Siempre lo había visto vistiendo traje de fatiga, fusil terciado y una rústica mochila en la espalda; ahora le veía ataviado con fino traje de ejecutivo; peinado a la gomina, relucientes zapatos y un lustroso ataché de cuero en la mano derecha. 

El ex alto jefe había sido contratado como asesor para procedimientos de pacificación por el presidente colombiano. Desde El Salvador el cacaopera no entendía mucho el lenguaje estratégico que se hablaba. Para asombro de la periodista sin embargo y para él mismo, se podía colegir del planteo del entrevistado una tendencia claramente contrainsurgente; desaprobatorio hacia lo actuado por antiguos camaradas de su mismo rango y aprobatorio de las actuaciones propias. Pretendiendo justificar un giro de 180 grados en sus convicciones, formulaba retóricos malabares para darse a entender en en una perspectiva nietzchiana que le situara más allá del bien y el mal.

Al final de la entrevista cedió Tacho Micho el aparato de televisión a su familia para quedar abstraído en profundas meditaciones. 

¿Qué podrían criticarle a él sus antiguos superiores…? Su propio proceder no difería gran cosa de lo actuado por el entrevistado, y sin embargo en la coyuntura que decidió abandonar la guerrilla, se le había sentenciado a muerte por desertor, debido a que pertenecía a la selecta unidad de seguridad personal del hoy ex comandante.

Concluyó que las justificaciones de quien respondía a las preguntas de la entrevistadora colombiana, confirmaban que él, Tacho Micho, indio cacaopera, semianalfabeta, había encontrado mucho antes que el gran ideólogo el “lado correcto de la historia”. Entonces sintió sobrevenir sobre él una sensación de paz que le liberaba para siempre del sanbenito de traidor con que sus pasados jefes lo estigmatizaron.

Bajito, piel oscura; mirada profunda y maliciosa, Anastasio Micho reconvertido a la vida civil, se dedicó a reparar bicicletas en su domicilio familiar, auxiliado por Secundino, su vástago. Este no alcanzaba en ello hacerse de un salario completo. 

Había pasado lo más grave del próximo conflicto que sobrevino muy adentrada la época post Acuerdos de Paz (guerra antipandillas), pero el régimen de excepción parecía no tener fin. Anunció Secundino a sus progenitores que buscaría enrolarse como soldado, única salida que el desempleo le dejaba para obtener ingresos fjos y la emancipación del hogar paterno. El tiempo transcurrió vertiginosamente. De pronto se vio dragoneando (aspirando), para ganar las jinetas de sargento en la 6ª Brigada de Infantería.

Andando de dragón, durante un patrullaje preventivo en la isla Espíritu Santo. –Alto! Párense Ay…!!! –Gritó el jefe del pelotón, a dos jóvenes que caminaban apresuradamente hacia sus respectivas viviendas. Cernían las sombras del atardecido.

–DUI en mano…!!! (Identidad) –ordenó.

A Eusebio se le escapó de entre los dedos el documento que le pedían cayendo en el suelo. 

–¿Porqué estas nervioso? 

–No estoy nervioso señor. 

–Ningún señor! Soy el sargento Alvarez…! Entendido? 

–Entendido señor. 

–¡Necio!… Debés decir…!: “¡Entendido mi sargento!” ¡Vamos! Decilo…!!! 

–Entendido mi sargento…! 

–De rodillas! Manos a la nuca con las piernas abiertas!…!!

Los muchachos acataron.

–Levántense la camisa…!!!

Les examinó espalda; pecho; el interior del labio inferior… No lucían tatuajes de ningún tipo. 

–Saben qué? Ese corte de pelo que llevan no me gusta. Tal corte solo lo estilan los pandilleros…. Yatagán vení paracá…! –vociferó.

–Ordene mi sargento…!! 

–Corregíles el corte de pelo a estos caballeros..!! …

… Apuñaba el soldado en su mano izquierda mechones del cabello a los chicos; con la derecha tajaba al rape con una afilada bayoneta.

Tomó unos metros de distancia el sargento para cotejar el DUI de los detenidos con una larga lista que andaba llevando.. Con ayuda del radiooperador (Secundino Micho), se comunicó a la base. 

–Tengo dos “dedulce” (detenidos), –reportó–, pero no están en la lista. 

–Traételos de todos modos– le contestaron–, los vamos a ocupar para llenar la cuota, y después los soltamos. ¿Entendido?

–Entendido mi teniente..!! . 

–En Colombia es más bravo esto de llenar la cuota –pensó Secundino–, ahí no piden detenidos; lo que piden son cadáveres. Se acribillan los sospechosos y se reportan luego como enemigos caídos en combate.

Volvió sobre sus pasos el sargento. 

–Muchachos! Tendrán que acompañarnos… Nada grave… Investigaciones de rutina.

Los vecinos comenzaban a congregarse. 

–Son apenas unos cipotes…!!! Es el hijo de Mariluz…; el otro es el nieto de Serapio!!! Corran a avisar que se los llevan…!!!

Esposaron la muñeca derecha de Eusebio a la izquierda de Edwin. Los condujeron al embarcadero. 

En el mismo instante que Mariluz y Serapio llegaban al lugar, partía la lancha policial apresuradamente con los detenidos a bordo.

Transcurrieron interminables meses de búsqueda y espera para los parientes sin resultado alguno. 

Acostumbraban tertulias vespertinas los vecinos, en espera de los atardeceres. Recurrente era el tema de los episodios protagonizados por soldados y lugareños que sucedían de un tiempo acá:

“… El que las pandillas se apoderaban de los manglares y nos exigían tributo ya pertenece al pasado!… Lo asegura el mismo presidente del país…!!!”

“Nunca lograron los pandilleros, que los bichos de la isla se sumaran a ellos” 

“Puta…!!! Es como si solo por el hecho de ser pobres nunca podremos vivir en paz…” 

“Antes eran las maras; hoy son los soldados que nos hacen la vida imposible…!!!”

“En puerto El Triunfo se rumora que hay para la isla un proyecto turístico del gobierno” 

“Pero no nos toman en cuenta…! Es como si no existiéramos…!”

 “Lo que pretenden es desalojarnos de la isla…!!”

“Han expulsado a la gente de todos los lugares que le interesan al gobierno: el centro de San Salvador; Condadillo; Flor de Mangle; y las playas que consideran buenas para el negocio del turismo…

“En cualquier momento vendrá la orden de desalojo…! Y para donde vamos agarrar..??!!”

La noche comenzaba a tenderse cuando los habitantes de la margen este, oyeron el inconfundible rumor del doble motor de la lancha policial. Cesaron la discusión y fueron a refugiarse cada quien en su choza. 

Dos cerdos mascaban envoltorios de tamales, en el estrecho patio de la cobacha habitada por Mariluz.

Secundino ya lucía las jinetas de sargento en las hombreras del uniforme.

–Buenas tardes –dijo, asomándose al umbral, con el tono más amable que pudo. Comandaba la patrulla conjunta.

–¿Qué desea? –preguntó Mariluz desde el fondo oscuro de la choza. 

–Por aquí, viendo a ver si tiene algún tamalito que nos convide, –replicó en son de broma. 

Mariluz sintió un hervor en la sangre, pero las tertulias aconsejaban no mostrar agresividad ante los agentes del gobierno. 

–Pase adelante! –dijo calmadamente mientras encendía un candil de queroseno. Condujo al oficial hasta el pequeño altar colocado sobre una mesa en donde resaltaba la foto de un muchacho. La fotografía se recostaba al tronco de un pequeño pino de material sintético. Sin luces parecía lúgubre.

–Dígame por el amor de Dios si está vivo o ya mataron a mi hijo…!!! –exclamó señalando la fotografía de Eusebio sin poder contener el llanto. Estudiaba en Jiquilisco y trabajaba en la cooperativa…!!! …Todo mundo lo quiere por servicial…!!! …Nunca ha tenido problemas con nadie…!!! …Es un hijo obediente y ejemplar…!!!

El Sargento Secundino Micho escuchó en silencio aquellos lamentos con la cabeza agachada. Después de un breve lapso  dio media vuelta para salir de la choza. Murmuraba: –No sé nada de eso; hace muy poco que fui asignado a puerto El Triunfo…. …Vamos! Continuemos nuestra ronda –dijo a los subordinados. Mariluz quedó allí llorando inconsolablemente. Similares escenas se repitieron en aquellas chozas en donde intentaron saludar a los moradores. 

Era la época que el espíritu navideño debería sentar sus reales; entre los isleños sin embargo, planeaba lúgubre el espectro que mandos de las patrullas llaman en clave: la cuota.