El Comandante Aldo (3ra. y última parte)

Por: Lobo Pardo (16 de Diciembre, 2024)

— “Me faltan fuerzas, pero habiendo tanta sangre de mi sangre involucrada, estoy dispuesta a ir, aunque sea lo último que haga en esta vida”, respondió.

Ella siempre estaba al tanto de los aconteceres bélicos sobre todo de lo que sucedía en la zona Titihuapa donde había nacido, crecido y dado su prole a la existencia. Pero desde ese mismo momento se dio a una profunda reflexión sobre las causas que le habían llevado a vivir todo aquello.

Es que a los cuerpos gubernamentales se les dio libertad irrestricta para matar, violar, robar, secuestrar, torturar… Una libertad que siempre habían tenido, pero ahora que incorporaban tal conducta a su doctrina, fue peor; fue como soltar una jauría de perros rabiosos sobre un vergel en busca de presas que devorar; y su objetivo principal fueron los seguidores del obispo Romero.

Fue idea de Simona pedir a uno de sus sobrinos entendido en electrónica que le conectara unos altoparlantes al aparato de radio. A la hora de la misa de catedral, sacaba fuera de la casa los altoparlantes y los colgaba de las ramas de un árbol de ahuacate, para que pudieran oír la homilía del obispo los vecinos del caserío. Ninguno se quejó, todos simpatizaron con la idea, les unían además de los lazos sanguíneos, la empatía por las prédicas del obispo.

Pero ¿había algún proyecto social detrás de aquellas exhortaciones diocesanas? Simona no lo sabía, no podría haberlo sabido dadas las limitaciones de su acervo.

Lo de comunismo, socialismo y lucha de clases lo introdujeron junto a las primeras armas, los intelectuales que llegaron a colocarse a la cabeza de la defensa de la zona. Los vecinos se avinieron a ello porque era el único recurso con que podían contar para protegerse de las incursiones punitivas de los cuerpos gubernamentales.

Algo movió a que definitivamente Simona reconociera a la jefatura de la guerrilla y la viera como necesario complemento a la prédica del obispo. Ocurrió que la junta de gobierno, mandó reunir todo tipo de bandidos, delincuentes vagos y jayanes, los armó, los uniformó y les dio mando sobre la gente honrada bautizándolos como Defensa Civil. En teoría se sumaban a la defensa de las zonas urbanas frente a incursiones guerrilleras, pero su verdadero cometido era el asesinato de los secuestrados por los cuerpos policiales; además se ocupaban de acosar a los pobladores rurales que bajaban a los pueblos a comerciar sus productos, a quienes acusaban de convivir con la guerrilla.

El que Simona aceptara al mando de la insurgencia armada fue un acto personal y privado en el que participó únicamente ella y sus íntimas convicciones, mientras hacía los quehaceres domésticos de la casa; pero el acto fue muy importante porque a quien Simona daba credibilidad, también le daba su fidelidad hasta morir. 

Los inocentes y las almas perturbadas por la confusión de sus actos que sucumben ante el complejo de culpa, tienden a agenciarse la animadversión de los jueces que los juzgan. 

Por eso fue que cuando se enunciaron verbalmente cargos contra los acusados entre los cuales estaba Bruno su hijo, sin que éstos fuesen capaces de alzar la cabeza con dignidad; sin derramar una lágrima tras de un hondo suspiro dijo Simona: 

— “Si algo deben a la revolución, pues la revolución que los juzgue y se los cobre”. 

Dicho esto pidió la condujesen de regreso al refugio donde al conocer la noticia que rondaban la treintena los ajusticiados, todos parientes suyos, entró en una profunda depresión que la llevó a la muerte pocos días después.

*

Magda arribó a la zona junto a Calulo. Éste destinado a formar parte del mando zonal; ella a sentar las bases para un hospital de guerra. Encontraron un ambiente luctuoso, desganado, bastante cercano a la depresión anímica muy diferente a otras zonas por donde ella había pasado. Lo atribuyó al fenómeno conocido como “cansancio de guerra”. Venía preparada no sólo a velar por la salud física de aquella gente; también por la salud mental. Se propuso entonces ser promotora del cambio de ambiente a un nuevo aire más animado y optimista. Posibilidades no le faltaban pues contaba con un curso de psicología social, era una persona alegre, culta, buena conversadora y empática con todo tipo de personas de ambos sexos, y sobre todo bella; bellísima.

No tardó en descubrir que de aquel personal el más desanimado de todos era el jefe superior.

A las sombras que atormentaban el espíritu de Aldo se había agregado la incertidumbre de haberse convertido en el responsable de un asesinato masivo. Únicamente Nelo era capaz de generar un poco de paz a esa atribulada conciencia insistiéndole con vehemencia todo lo contrario del asunto, de tal modo que se volvieron inseparables hasta a la hora de dormir.

Había una infranqueable barrera que impedía a Magda conocer los antecedentes de aquel decaído ambiente. Era la estricta prohibición asumida por el mando mismo, y al resto del personal, en cuanto a comentar entre sí o con otros lo que ahí había acontecido.  

La francesa había estado antes en la “zona costa”; zona de pequeños puertos, playas, manglares…; temperamento de gente de mar… Era como si ahí se hiciera la guerra en un ambiente festivo que le estremecía el corazón y le llevó a encontrar el amor talvez demasiado temprano. Pocas semanas después tendría que continuar su ruta hacia un destino más permanente: la zona Titihuapa. Noche antes de la partida no durmieron los amantes. Se entretuvieron contando las luciérnagas y estrellas que se reflejaban en la creciente de la bahía que llevaba hasta ellos el rumor del mar. La distancia no rompería aquella relación pues el constante movimiento de combatientes y cuadros hacia otras zonas prometía en el futuro un casual y feliz reencuentro. A cada momento se daban palabra de fidelidad que cada vez sellaban con un beso.

*

Algo tuvo que ver el fenómeno de la bipolaridad porque cuando Magda, deseosa de conocer la mayoría de antecedentes posibles dijo al atormentado Aldo: 

— “… me gustaría conversar contigo…”, 

y que el encuentro sucedería en la tienda de ella una vez sesada la rutina cotidiana. Ante tales palabras el joven jefe se sintió totalmente subyugado por el recuerdo de la figura paterna. De villano se transformaba papá en héroe. Ya no pensó en otra cosa más que en la llegada de la noche.

Exactamente lo que sucedió al interior de la tienda de Magda solamente los implicados lo supieron. El mando supremo (por sobre el mando de la zona), determinó escucharlos por separado. A Aldo lo mandó a llamar a su presencia, a Magda le pidió un informe escrito, a lo que ella se negó para no maximizar la problemática y arriesgar de este modo frustrar el ilusionado aporte que venía a dar a los combatientes salvadoreños; tampoco deseaba agravar la crisis moral que persistía en la zona.

Lo único que se supo fue el “¡No! ¡Ya tengo marido! ¡Compréndelo!”, dicho desesperadamente, casi a gritos, por la enfermera mientras salía asustada de su tienda. En tanto abandonaba apresuradamente el lugar una silueta masculina amparado por las sombras de la nocturnidad. Testimonio rendido al mando de la zona como novedad de la noche anterior por el posta de turno que pasaba por el sitio al momento del hecho. “Ella se limitó a sollozar y a decir que no quería acusar a nadie, pero esperaba que ese mal episodio no volviese a suceder”, explicó el centinela.

En la intimidad del campamento del mando supremo lo que sucedió fue un encuentro de amigos. Allí descubrió Aldo que esa instancia estaba compuesta por antiguos compañeros de estudio del círculo cercano a Gabi.

Esto permitió una conversación distendida en la que se trataron dos puntos: La eliminación de aproximadamente un tercio de la familia de la mamá Simona; y el intento de violación que se le atribuía en perjuicio de la enfermera recién llegada.

En base a que a todas luces no se trataba de un agente enemigo se concluyó ceder a la petición del interpelado: pasar un tiempo con su familia (mujer e hija) en San Salvador, bajo estrictas medidas de clandestinidad mientras se pensaba en un destino diferente para él.

Cerca de cinco años habían transcurrido desde su entrada al frente, su suegro había muerto y su suegra quien había envejecido notablemente mostraba principios de Alzheimer. Lo vio llegar hasta cierto punto con indiferencia. 

Claudia lo recibió con la parquedad de siempre. El instinto maternal de ella le decía que era un crío que necesitaba amor y comprensión. Lo besó, lo tomó de ambas manos y con la mirada le hizo ver que esa noche sería de una noche apasionada.

Eran el uno para el otro el complemento perfecto. Para él Claudia sustituía el amor maternal que nunca tuvo.

La pequeña Lucía (su hija), alumna de nivel parvulario esta vez sin embargo lo veía con recelo; lo observaba de pies a cabeza atenta hasta el más sutil de sus gestos y movimientos. Un par de días más tarde su leve mente infantil pareció abrirse a recuerdos lejanos, entonces se dejó abrazar, mimar y aquel amor en los límites del olvido volvió a renacer con inusitada fuerza.

Serio “talón de Aquiles” de las guerrillas campesinas es que suele predominar en ellas los lazos familiares de modo que los vínculos más fuertes en lo afectivo, confianza, incluso de fidelidad política se da al interior de clanes. Chindo, vecino de San Foncho, proveniente del movimiento estudiantil de secundaria era harto conocido por sus largos años de amistad con los chicos de la zona. Fue aceptado en la guerrilla sin dificultad por su habilidad de interferir las comunicaciones enemigas haciendo uso de un viejo radio PRC-77 que nadie más que él podía poner en funcionamiento.

A diferencia de los muchachos de la zona que peleaban únicamente para defenderse de las agresiones gubernamentales, creía Chindo tener muy arraigado en su pensamiento la noción de la revolución socialista. Tenía la desventaja sin embargo de no formar parte de ningún clan familiar. En la práctica resultaba que era discriminado en sus iniciativas y opiniones. 

No contaba con alguna instrucción en cuestiones de guerra pero era un observador al detalle, innato, era como si esa cualidad la trajese cifrada en los genes. El episodio que va desde la llegada de Aldo hasta su nombramiento como jefe del frente, le bastó a Chindo para compenetrarse hasta del modo de caminar del nuevo líder. Poco tiempo después, cansado de ser ninguneado hasta en las cosas más insignificantes, pidió permiso para visitar a su familia, cumpliendo todas las normas de seguridad recomendadas para estos casos, partió y nunca volvió. Su idea era buscar la zona volcán en donde intentaría dar sus mejores aportes a la lucha revolucionaria.

Chaneques de San Foncho lo reconocieron intentando cruzar al sur de la Carretera Panamericana y lo capturaron, de modo que tampoco llegó jamás a la zona volcán. Su impensable destino fue una oscura y fría mazmorra subterránea de la Policía Nacional, en donde sus captores le presentaron únicamente dos alternativas: morir de hambre y enfermedades o volver a ver la luz del día convertido en colaborador del enemigo. Escogió lo segundo pensando erróneamente que aquello de la guerra era igual al “ladrón librado” de sus juegos infantiles. Es decir, no importa si juegas a ladrón o a policía. Lo importante es tener buena conciencia. No fue así; fue tomada su familia como rehén a fin de garantizar su lealtad y el salario que le obligaban a aceptar le fue hundiendo cada vez más en el pantano de la colaboración con el enemigo.

El “ojos de gato” era un furgón artillado, cerrado por los cuatro costados con gruesas láminas de acero dotadas de unas rendijas horizontales que permitían desde el interior auscultar el exterior en un amplio radio. Recorría lentamente las calles de la ciudad el ojo de gato y cuando los espías que viajaban en su interior detectaban alguna persona de su interés, saltaban hacia afuera impetuosamente, la capturaban introduciéndola rápidamente a las entrañas del furgón. En esta labor había sido especializado Chindo.

Claudia y la pequeña Lucía ejercían la magia de hacer desaparecer del papá los espectros que le robaban la paz, incluso el más reciente de ellos que después de los terribles sucesos del campamento del Titihuapa le gritaba ¡Asesino!, interrumpiendo de tal modo sus breves momentos de sosiego. 

Pero Aldo era un muchacho que nunca habría sido capaz de soportar los rigores de la clandestinidad. Esa infortunada mañana Claudia, como siempre había salido llevando a la pequeña al parvulario. Decidió entonces escapar él por un par de horas de aquel dulce encierro dejando tras de sí una nota manuscrita. Explicaba que pronto regresaría omitiendo aclarar que simplemente quería recorrer el centro de San Salvador y a lo mejor entrar a una sala de cine. 

Cayó en la cuenta que no llevaba nada sobre sí que le ayudase a disfrazarse un poco. Sobre la calle Arce entró a un negocio. Salió con una gorra kepis y anteojos oscuros, pero los captores dirigidos por Chindo desde el interior del ojos de gato, ya lo esperaban en el dintel de la puerta de la tienda. 

— “Haga el favor de acompañarnos” le susurró uno de ellos mientras el otro le colocaba un revólver en las costillas.

Aldo no era un hombre de combate. Una vez entendió que era capturado por el enemigo se abstuvo de intentar el menor amago de resistencia. Lo subieron al interior del blindado artillado, le colocaron esposas con las manos hacia atrás, lo despojaron de anteojos sustituyéndolos por una venda y lo tiraron de bruces sobre el piso del vehículo de guerra.

“El filón” es la abrupta pared formada por una antigua falla topográfica que parece haber hecho desaparecer la mitad del cerro “Angostura”. Es una verticalidad de poco menos  quinientos metros de altura poblada por vegetación menor de arbustos espinosos y alimañas resistentes a la carencia de agua. Está ubicada a unos tres kilómetros al noreste de donde suele montarse el campamento principal de la zona. Justamente en su parte media hay tres cavernas de regulares dimensiones, una junto a otra, que no se alcanzan a divisar ni con prismáticos, desde ningún ángulo de las partes bajas pues sus entradas están perfectamente disimuladas por espesos arbustos, resecos en la estación seca y reverdecidos en la estación lluviosa.

Por lo inaccesible del terreno no había lugar más adecuado que esas cavernas para instalar el hospital guerrillero con los heridos graves durante las incursiones enemigas a la zona.

Las limitaciones combativas de la guerrilla las imponen la escasez de municiones, por lo que se hostigó durante todo el día la penetración de fuerzas combinadas de la quinta brigada de infantería y el batallón Atonal; pero al caer la noche, las unidades guerrilleras maniobraron hasta quedar más allá de los flancos de las tropas gubernamentales. En El Filón quedaba el hospital con cinco toneles de plástico repletos de agua; ocho heridos convalecientes y tres brigadistas (personal de enfermería), al mando de Magda. Una pequeña unidad guerrillera de seguridad y el jefe político de todo el personal: Calulo.

Al amanecer del segundo día intentó el enemigo retomar el choque, pero se dio cuenta que las contenciones guerrilleras habían sido evacuadas. 

Mandó entonces el jefe de la tropa a traer a su presencia al prisionero.

— “Mirá”, le dijo “vos has sido jefe de este frente y conocés los lugares de ubicación que utiliza el puesto de mando cuando atacamos sobre esta dirección. Antes de las doce del mediodía nos habrás puesto sobre la pista más segura…; de lo contrario no saldrás vivo de este operativo… ¿Entendiste?…”

Acto seguido le ataron la cintura al extremo de una cuerda firmemente sostenida por un soldado y le echaron a andar al frente de la columna que comenzó a avanzar.

Aldo caminaba sin dirección alguna, no por otra razón, sino porque que no era hombre de campo y perdía la noción del rumbo. Durante se desempeñó como jefe del frente era Nelo la brújula que le indicaba rutas de avance, repliegue y maniobras sobre aquellos parajes. 

Poco antes del mediodía mandó el jefe de la tropa a detener la marcha. Luego de colocar la seguridad periférica, sentados sobre el suelo sacaron los soldados de sus mochilas los enlatados que constituían “el rancho” (raciones alimenticias), y se dispusieron a almorzar. El jefe con dos elementos del G2 (inteligencia militar) llevaron a Aldo a un lugar apartado a conferenciar. Al cabo de cierto rato regresaron, ataron al prisionero a un árbol mientras ingerían su respectiva ración.

Mandó el jefe de la unidad al radio operador a que se comunicara con el mando superior de la operación y le dijo en voz alta: 

— “Estijueputa nos está vacilando, dice que anda perdido y no se puede orientar. Cambio”

— “¿Ya le dieron de comer?. Cambio”

— “No todavía no. Cambio”

— “Pues no le den ni agua para que se le ablande la conciencia, y después del rancho te mandaré un pájaro (helicóptero), para que le den un paseíto; seguro que así va a hablar hasta más de la cuenta… Cambio”

— “entendido mi Charli. Cambio y fuera”

Las personas que han experimentado una infancia de grandes traumas psicológicos padecen en la edad adulta fobias severas. El terror al vacío era una de las grandes debilidades de Aldo. 

Aterrizó el pájaro en un predio aledaño. Con la misma cuerda con que lo andaban llevando le confeccionaron una especie de silla colgante, lo sentaron al borde con los pies hacia afuera y lo sujetaron al pie de una de las ametralladoras que van colocadas a ambos costados en el umbral de entradas que carecen de puertas.

Aceleró el rotor. Aldo se aferraba desesperadamente a todo lo que pudiese afianzarse. Cuando el helicóptero comenzó a elevarse, un fuerte puntapié a la espalda le lanzó hacia afuera y quedó colgando cabeza abajo un par de metros del piso del aparato. 

El ruido del motor ahogó el acongojado llanto conque el prisionero enfrentó aquella tortura que duró cerca de media hora. Volvió el aparato a tomar tierra en el mismo predio. Aldo estaba convertido en un guiñapo inconsciente, bañado el pecho en su propio vómito y los ojos en blanco.

Volvió en sí por el agua que vertían sobre su cabeza los tripulantes del helicóptero.

— “¿Estás listo para otro paseíto?, le dijeron.

— “¡Nooooo! ¡Por Dios noooo!”

— “Bueno, entonces hablá…!

Desde la posición que estaban se apreciaba el Filón como el centro de una tarjeta postal.

— “¿Ven ese cerro pelón que sobresale sobre los demás en dirección a La Puebla?” 

— “¿Ese que parece cortado por un cuchillo?”

— “Sí; ese… Allí deben estar. Es lo más seguro”

—“Mirá! Nosotros hemos pasado muchas veces por allí y solo hemos visto garrobos y culebras… Vamos a organizar todo un operativo hacia ese cerro sólo por lo que vos decís; pero si nos estás dando paja, contá que te llevaremos colgado del pájaro hasta la misma base de Ilopango y allí te vamos a ser picadillo”

 Ninguna reflexión cruzó su mente mientras hablaba; lo único que le interesaba era que aquel terrible tormento llegara a su fin; más pronto se instaló en su psiquis otra tortura aún peor: el sentimiento que vivo o muerto, en adelante sería conocido como un traidor. Entonces se aferró a la esperanza que esta vez el hospital guerrillero hubiese optado por replegarse a un lugar diferente; intentaba a la vez con desespero encontrar alguna alternativa para que sus torturadores se dieran por satisfechos y el “paseíto” no volviese a repetirse. Más de pronto toda tentativa de alterar el destino le parecía inútil. La suerte estaba echada. 

*

Exploración al mando operativo: 

— “… es posible que este mariconcito esté diciendo la verdad. Hemos encontrado un pateo que baja del cerro hacia un chahuite ubicado a unos trecientos metros de la base, en donde una pequeña fuerza puede abastecerse de agua. ” Cambio.

El sol precipitaba hacia el horizonte. Pronto caería el atardecido.

— “Copiado. Coloquen un puesto de observación. Te mandaré relevo más noche; el papa (prisionero) dice que ese es el único acceso para entrar o salir del área. A primeras horas de mañana desencadenaremos el operativo”

— “Entendido mi charli (mi jefe). Cambio y fuera”

Era obligado avanzar hacia el objetivo en fila india sobre un escaso paso de poco más de un metro de ancho que sobresalía de la escarpada pared del cerro. El terreno no daba, a una fuerza atacante, lugar al despliegue y casi ninguna oportunidad de repliegue, si le hacía fuego desde la posición que defendía el acceso a las cavernas.

En este tipo de escenario siempre aparece un gringo

Se colocó el pelotón de vanguardia sobre la huella 

— “Por la puta! Aquí no hay donde parapetarse! Echemos estijueputa adelante” dijo el radista.

— “No!”, replicó el gringo, “este pajarillo ya comenzó a cantar; ahora nos va a ofrecer el concierto al completo…!” Quería decir que había que preservarle la vida.

El ascenso se volvió penoso. El sol de la mañana calentaba más a cada paso que daban en completo silencio pegados a la pared del cerro. Un sigilo únicamente quebrado por algunos pedruscos que rodaban precipicio abajo.

Habían prescindido del uso de helicópteros a fin de lograr algún grado de sorpresa.

El sargento que comandaba el pelotón de vanguardia suspiró aliviado. Llevaban una hora de cuidadoso avance. Estaban relativamente cerca de alcanzar el objetivo y no había indicios de movimiento enemigo. Esto podría significar que no habría combate en condiciones tan desventajosas. 

No había terminado de formular tal razonamiento cuando el característico seco y breve sonido de un disparo de M-16 rompió la tensa calma. El soldado que encabezaba la vanguardia cayó grotescamente sobre el saliente que hacía de camino a la vez que su fusil resbalaba por la árida pendiente del Filón.

Un solo tirador los mantenía a raya cubriendo con su sector de fuego toda el área donde yacía el caído.

Los efectivos trataron de replegarse desordenadamente arriesgando caer por la pedregosa falda del cerro. El sargento tuvo que emplearse a fondo para mantener el orden.

— “¡Vamos a sacar al camarada!”, impuso.

— “¡Está muerto! ¿De qué sirve?”

— “¡Por sacar un muerto vamos a caer tres o cuatro!”

— “¡Que lo vamos a sacar he dicho! ¡Y punto!” 

— “¡Vos Umanzor que sos el más cholotón, avanzá a rastras agarralo de donde podás y lo arrastrás hacia abajo! ¡Nosotros te cubriremos!”

Umanzor quiso renegar pero recordó que quien regresa al cuartel después de una misión, llevando sobre sí una orden incumplida, la pasa muy, pero muy mal.

Eran las diez de la mañana pero el sol ya era de justicia. Umanzor maldijo la hora que decidió salir del desempleo reenganchándose al servicio militar. Las piedras del suelo le hacían sangrar codos y rodillas. Por fin logró afianzar la mochila del que yacía y comenzó a arrastrarlo camino abajo. Sonó otro disparo y Umanzor rodó pendiente abajo con todo y equipo.

Esta vez el tumulto dando la espalda al tirador fue mayor. Sonó otro disparo y el soldado que cerraba la fila cayó de bruces vomitando sangre.

La segunda fase del operativo consistía en que descubiertos los puntos de resistencia guerrilleros dos ametralladoras M-60 los batirían desde la base del cerro a la vez que haría lo mismo el helicóptero desde el aire.

Se puso en marcha la fase dos sobre el único  de esos puntos que se hacía manifiesto. El tirador estaba a salvo. Se parapetaba entre dos grandes rocas de basalto. Al interior de las cavernas sin embargo, que no contaba con ningún tipo de resguardo, el grueso calibre de los proyectiles enemigos hacía estragos sobre las rudimentarias instalaciones hospitalarias, personal y pacientes, de tal manera que a los pocos minutos ordenó Calulo cesar el fuego e izar la bandera blanca de la rendición. Se   mostraba esperanzado a que el cometido humanitario de aquella unidad guerrillera conmoviera a los jefes de las fuerzas gubernamentales.

— “No sé qué es y me vale verga la convención de Ginebra”, dijo el jefe de la unidad de asalto a Calulo cuando era conducido junto con todos los pacientes de las instalaciones hacia donde serían ejecutados. “Uno solo de mis soldados vale más que diez de ustedes”, agregó, repitiendo de este modo una de las arengas que les hacía memorizar el alto mando a los subordinados.

— “¿Qué hacemos con las mujeres mi charli?”

— “Primero vamos a organizar una fiestecita; después ya veremos qué hacemos con ellas”.

Cuando todo estuvo consumado, reunió el teniente (mando operativo a la tropa para decirles: 

— “El fuego nuestro fue tan intenso y efectivo que no hubo un solo sobreviviente… ¿Quién de ustedes tiene una opinión diferente…?

El silencio que sobrevino fue intenso y prolongado, tal que se pasó página sobre este episodio.

Es de su naturaleza que la verdad por mucho que se le intente ahogar es demasiado tenaz y siempre sale a flote.  Pugnaba ya la realidad de los acontecimientos por prevalecer cuando don Juliano, padre de Aldo decidió abogar por su hijo.

Había poco menos que caído en desgracia ante sus iguales a causa de sus escándalos alcohólicos y extravagancias sexuales. “Todo tiene sus límites” había advertido al estamento castrense, ni más ni menos que el embajador estadounidense.

— “Le voy a ser claro don Juliano para que entienda de una vez, le dijo el juez que llevaba el caso”. Usted ya no pinta nada en este escenario; y como comprenderá, cada uno de los pasos que se dan en estos procedimientos tiene sus costos en metálico.

En un bar nocturno, meses más tarde se encontraron los padres de Aldo con una pareja amiga de similares inclinaciones. La amistad entre ellos era entrañable de modo que hubo la suficiente confianza para aludir al desdichado vástago.

— “Supe que por fin se resolvió el caso de Aldo!

— “Ahh! mi hijo!… “ , suspiró don Juliano “Fue un pobre desgraciado… Hicimos todo lo que pudimos hacer por él: uno de los mejores colegios; inmejorables comodidades; los más exquisitos bocados…; pero jamás pudo entender el sentido de la vida…”

Allá en El Torola Romilio y Sipriano no se cansaban de tirar sus anzuelos muchas veces sin sebar.

— “El comandante convertido en vagabundo en los barrios bajos de San Francisco California…! ”Ve que en una guerra se miran cosas increíbles…!

— “A mí me han dicho que es en Kensigton donde lo han visto”

— “¿Y eso dónde es vos?”

— “Es una ciudad del Estado de Filadelfia; le llaman –el laboratorio– porque aquí las mafias experimentan en indigentes con nuevas drogas… Y cierto!  Dicen quienes lo han visto que no bebe, ni se droga, pero se ha vuelto mudo. No habla con nadie. Vive de lo que le dan los compas que lo conocen y hacen lástima de él.