Joaquín Negrura. Noviembre de 2024
A Juan Castillo preso se lo llevaron,
por vivir en barrio popular.
Era el número que faltaba,
para cumplir la orden del tirano.
El día que lo desaparecieron,
orgulloso vestía su camiseta amarilla.
Juan Castillo nunca fue pandillero,
era un albañil humilde y honrado.
En su oficio, moldeaba columnas de concreto,
con la cuchara azotaba cemento.
Ese muchacho nunca imaginó
que la prisión que sus manos levantaron,
sería la antesala que a la tumba lo llevó.
En los años que preso estuvo,
su madre preguntaba… ¿dónde lo tenían?
De prisión en prisión como loca lo buscaba,
con las pruebas entre sus manos,
que su hijo no debía nada.
Los ruegos de esa madre fueron ignorados.
Cuando al fin se lo entregaron,
era irreconocible el hijo de sus entrañas.
Solo eran huesos y pellejo,
era un horrendo esqueleto,
recordando los campos de exterminio.
Con dolor se oye el llanto de otras madres.
Un clamor que los tiranos no escuchan.
Jueces, carceleros y diputados se lavan las manos,
al tiempo que engordan sus bolsillos.
La injusticia galopa entre los pobres…
La insensibilidad nos vuelve acobijar…


Juan Castillo antes
Así lucía Juan Castillo luego de ser liberado tras casi dos años de estar detenido bajo el régimen de excepción.

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