Mamá Dora

Por: Dora Magaña, 18 de Octubre 2024


El ropero de mi abuela de color café, olía a caoba, tenía un espejo al centro, y dos puertas a las que ella echaba llave y guardaba celosamente la llave en una de las gavetas de la máquina de coser que la acompañó toda la vida. Ese era un espacio mágico que estaba lleno de los recuerdos de familia; las fotos de su padre y su madre, una foto rota del tío Alfonso, talcos perfumados para esas noches de domingo en las cuales ella se bañaba y estiraba las ropas de cama recién planchadas para acostarse fresca con su pelo húmedo sobre una toalla blanca al cual yo le pasaba el peine de carey y a veces el cepillo. Cuando mi abuela abría el ropero el cuarto adquiría cierta tenue brillantez que penetraba todos mis sentidos, entonces juntas regresábamos a los principios del Siglo XX cuando ella nació; en este ella tenía una cajita labrada en madera con una llavecita y me decía que cuando ella muriera yo me quedaría con la cajita, nunca supe que guardaba en ella.


Mamá Dora fue una mujer de carnes sólidas, su piel morena canela olía a jabón ámbar, tenía el pelo blanco adquirido con la sabiduría del pasar de los  años, usaba anteojos ovalados de marco de carey negro, y tenía una expresión que denotaba que no la asombraba nada. Su risa amplia me enternecía cuando se sentaba a coser y entonces salían de sus manos hacendosas los hilos que cosían las camisas de tela cuadriculada que llevaba al mercado a quien se las encargaba para vender. Supe que quien se las compraba era una mujer, ya que una vez me comentó que la señora le había dicho que les gustaban estas camisas a los hombres para trabajar. -En las fábricas se ensucian y necesitan camisas fuertes- me dijo. Nunca conocimos a ninguno de los hombre que usaron las camisas que mi abuela cosió, pero yo imaginaba e inventaba sus vidas en esas noches que me quedaba sentada junto a ella viéndola coser. Hablábamos del caballero que usaría la camisa verde; ese señor que la escogería, sería un buen padre y buen esposo y trabajaría fuerte para que su esposa y sus hijos estuvieran bien. El que compraría la camisa de cuadros cafés, sería un hombre soltero, de esos que engañan a las muchachas, entonces había que decirle a la camisa que cuando él se la pusiera ella no le llamara la atención a las muchachas para prevenirlas del engaño.

El que usaría la camisa azul, iba a ir a una cantina y se emborracharía, entonces la camisa debía hacerle la magia para que él dejara de tomar. Y total le echábamos juntas la suerte a las camisas para que a los que las compraran les fuera bien en sus vidas. A veces yo repetía una historia similar a otra que ya había dicho sobre el hombre que usaría la camisa y mi abuela me decía, -no Dorita, esa ya la dijiste, inventa otra- entonces yo me ponía a pensar en la historia y le decía la nueva. Ella contestaba después de escuchar la historia -esa esta mejor-. Me daba una tijera para sacarle el pico a los cuellos ya que los cosía por el revés como ella decía. A veces las tendía en un lazo que colgaba en su tallercito de costura y yo pasaba mi cara por ellas jugando con la tela que olía a nueva. Antes de entrar al primer grado en la escuela, yo pasaba semanas enteras con mi abuela y mis tías. Que fiesta más agradable. Un día le pedí a Mamá Dora que me enseñara a cocer y me dijo que no. Que ella quería que yo estudiara para ser una abogada o una arquitecta o una médica, las mujeres ahora lo son pronunció con una voz más fuerte que de costumbre en ella, pero que no quería que al igual que ella trabajara el resto de mi vida cosiendo en una máquina. Ella recordaba sus años de pobreza cuando sus hijos eran pequeños y ella los “crio” sola. Tuvo 1 hijo y 3 hijas, todos de diferentes padres, no obstante el peso social que ello implicaba en aquellos años, ella caminaba con la dignidad entera.


Le gustaba lavar su ropa semanalmente. Me decía que era mejor ir en la madrugada a hacerlo y dedicarle una cantidad semanal de tiempo a la tarea de lavar pero también decía que lavando la ropa lavaba la vida. Entonces cuando me enseño a lavar, yo lavaba diario. Cuando me preguntó – ¿Por qué lavás a diario? – Le contesté, porque así limpio la vida a diario. Me miro a los ojos, levantó las cejas y movió la cabeza de un lado a otro,
levantó su brazo y movió su mano de adentro hacia fuera como diciendo hacélo como querrás. Después de la tarea de lavar, planchaba y almidonaba su ropa, con una mezcla que ella hacía de harina de almidón y agua y me decía -estoy planchando la vida. Cuando aprendí a planchar, también planchaba diario y ella me miró y me dijo -también planchas la vida a diario. Si abuela, le dije, así no me acuesto con nada pendiente, nada me ata y me voy al mundo de los sueños en paz. Me miró y supe por su expresión que en algún lugar de su pasado ella no había querido estar atada, sonrió con una sonrisa cómplice y me dijo –ay Dorita, como te parecés a mí.


En las noches después que ya habíamos cenado, se sentaba bajo un foco iluminado y leía novelas. Mi madre compró una colección de novelas clásicas para que cuando mis hermanas y yo creciéramos las leyéramos. Mi abuela agarraba esos libros de la librera y se los llevaba a su cuartito-taller de costura para leerlos. Abuela ¿Qué lee? le preguntaba yo y ella respondía -botones. Esa era la clave que me señalaba que no quería hablar y que prefería leer. Entonces con su mano tocaba la sillita que estaba a la par de ella para que me fuera a sentar y me daba un libro para que yo también leyera junto a ella en las noches. Así fue como me formó el hábito de leer. En un cumpleaños me regaló mi primer libro. Años después, en aquella guerra que aconteció en mi país, junto a mi fusil en las noches bajo la lluvia, cubierta con un plástico y con mucho frío, en medio del olor a pólvora y muerte, yo regresaba a esas cálidas noches con mi abuela y sabía con certeza que el profundo amor entre nosotras me suavizaba la vida.


En el mercadito de Gerona en la zona 1 en la ciudad de Guatemala, las vendedoras llegaban temprano con verduras y frutas frescas, los dueños de las carnicerías abrían temprano y ponían la carne y el pollo en las bandejas para exhibirla. Mujeres cargaban canastos llenos de pantalones de mezclilla, y los vendedores de jugos que tenían unos extractores cuyo motor hacía un ruido casi de camión, exprimían en frente de los clientes las naranjas, el apio, las zanahorias, las cañas de azúcar y las remolachas. Para llamar la atención de la clientela decían –vaya, venga aquí está su juguito fresco. Mire señora llévele a su marido échele un huevo crudo y vera como tiene potencia.

Desde mis tiernos ojos miraba aquella gama de actividad con asombro, me encantaba ir al mercado. Mamá Dora exigía a los vendedores de jugos que me hicieran un jugo que tuviera las mejores verduras las cuales ella escogía y cuidado como no fuera a ser el mejor jugo. Cuando me lo estaba tomando me preguntaba, ¿Te gusta mijita, querés más salita? Yo respondía con un gesto que si me gustaba como estaba. Una vez por semana nos acercábamos al hombre que llamaban el gitano.

Este señor sonaba un pito, y decía – ¡Afilo cuchillos y tijeras, tengo flit, creolina y aceite de zapuyul de pura pepita de zapote! ¡Corto pelo! ¡Venga por sus fotos y le adivino la suerte! Tenía una caja ancha de madera en donde ponía las cosas para vender, a la par de la caja tenía la rueda de afilar y cargaba consigo dos pericos en los hombros. La jaula con papelitos escritos de los cuales un periquito sacaba uno cuando el cliente le daba un centavo y leía la suerte estaba colgada de un garfio de hierro clavado en un poste de madera hecho por él.

Mi abuela le pedía que le afilara sus tijeras y de vez en cuando un cuchillo. Este hombre le decía con una voz coquetona – que finas las tijeras de Doña Dora, que bien deben cortar -. Ella le respondía con una amenaza vedada en la voz, -no sólo para eso sirven. Él decía –bueno yo sólo digo – y se las devolvía. El señor en una ocasión al leerme la suerte le dijo a mi abuela, en el futuro de la niña hay un hombre moreno, alto y gallardo y de mano derecha con el que se va a casar. Mi abuela lo miró a los ojos con duda y un poco de enojo y él sonrió levantando los hombros y moviendo la cabeza hacia un lado. Ella volteó a ver para abajo a mis ojos y me dijo –de los hombres lo que permanece son los hijos-.

Cuando yo no estaba con ella, Mamá Dora periódicamente visitaba la casa de mis padres. Llegaba a devolver libros de la librera y llevarse otros. Jugaba damas con mi hermana y con los amigos de mi papá que visitaban la casa. Les ganaba a todos, y me decía, los dejo ganar cuando me dan lástima y se reía con una sonrisa abierta. Mi papá, quien se dirigía a ella hablándole de vos, le decía – Dora dejá de trabajar, venite a vivir con nosotros. Mira que yo las puedo mantener a vos y mis hermanas, total ya gano, dejá de coser ya-. Y ella en voz baja le respondía -¿Y tener que vivir con tu mujer, no Raúl, yo nací sola y sola me gusta estar, yo me mantengo sola; que la Olivia se quede aquí con vos- refiriéndose a su hermana, la tía Olivia, quien era una viejita diáfana de edad indefinida que vivía con nosotros cuyo hijo, el Tío Emilio, primo favorito de mí padre, había muerto.

Sin que nadie se diera cuenta, Mamá Dora tenía pleitos aguerridos con mi mamá, le criticaba todo, como me peinaba, como me vestía, como me combinaba la ropa, los aritos que me ponía, la comida que me daba, lo delgada que yo estaba. Mi madre le tenía una paciencia de santa, los suyos le decía -son puros celos de suegra- Dora. Una vez, después de uno de esos tan silenciosos pleitos, en el que mi mamá había soportado callada las críticas, Mamá Dora le dijo que me quería llevar esa semana a su cuarto a estar con ella; en la casa de mis padres habían muchos invitados esa tarde y mi mamá le dijo que no; se miraron en silencio y parecía ser que mi mamá había ganado la partida. Mamá Dora respiró profundamente y se puso a hablar con Mima quien era la mamá de Sheny, una amiga de mi madre; Mima se puso a hablar de su último viaje a los Estados, como habitualmente se llamaba a los Estados Unidos de Norteamérica en Guatemala, su esposo, Buitrago, como ella solía llamarlo, le había dado de regalo el viaje.

Mima se estaba jactando de las bebidas alcohólicas llamadas daiquirí que había probado en un hotel en Miami, presentí que mi abuela había encontrado el momento justo para salirse con la suya, me fui acercando más a ellas mientras seguían conversando y escuché que de pronto mi abuela le pregunto a Mima, -y usted Mima, ¿Sabe quién es Julio Verne?, Mima se quedó callada, ni en los más claros de sus sueños se habría podido imaginar quien era Julio Verne. Mi madre intervino magistralmente como ella sabía hacerlo, disipando cualquier posibilidad de altercado, con una diplomacia aprendida en el tener que lidiar con la vida pública de mi padre. Y entonces mi abuela aprovechó para decirme, ya nos vamos Dorita, no lleves nada que allá te tengo todo, déspedite de tu papá y hay que lleguen por vos el domingo. Me despedí de mi papá, quien sin saber lo que había pasado entre mi mamá y mi abuela, con su aceptación de la despedida estaba autorizando mi partida, vi de reojo a mi mamá y mi abuela la estaba abrazando y diciéndole adiós con un beso en la mejía; con temor de que mi mamá me detuviera, sólo levanté mi manita para decirle adiós y salí por la puerta caminando y saltando agarrada de la mano de mi abuela. Antes de subirnos a la camioneta Mamá Dora me miro a los ojos, se sonrió y partimos juntas al mundo que juntas vivíamos.


Ella vivía en el cuarto de un mesón con mis tres tías. Este mesón tenía lavaderos alrededor de una pila común. Los cuartos de afuera formaban un círculo externo y tenían dos puertas una por la que se podía entrar al edificio y por la otra salir a la calle. Los cuartos de en medio tenían una puerta por la que se salía hacia adentro del edificio, se atravesaba el patio y los lavaderos y por un portón de madera se salía a la calle. El piso del cuarto de mi abuela era de ladrillo rojo vino tinto. Ella lo barría y lo trapeaba diariamente con creolina. El piso quedaba brillante después de limpiarlo y entonces la abuela se ponía a coser.

De noche un foco alumbraba todo el cuarto. Había que pagarle al dueño del mesón la luz y el agua, y aquellas familias que no pagaban pues no tenían luz y no los dejaban usar el agua para lavar, entonces llevaban su ropa a las 4 de la mañana a los lavaderos públicos. Una tarde Mamá Dora
decidió que iríamos a lavar a los lavaderos públicos. La noche anterior al viaje, mis tías en un remolino de actividad que yo no había visto nunca antes, sacaron toda la ropa del ropero, quitaron toda la ropa de las camas, sacaron ropa de las cajas en donde la tenían, formaron grandes bultos de ropa, limpiaron el cuarto, los trastos, y no hubo una sola gaveta o espacio en los muebles que quedara sin limpiar.

Una me sentaba en una silla, cuando la otra iba a limpiar por allí me cambiaba de lugar, una me metió en la boca un bombón rojo de los que envolvían con figuras de los muñequitos llamados Pica piedra para que estuviera entretenida y no me moviera de donde me ponía para que no interrumpiera la labor. Lavaron la mesa de madera depino con agua y jabón ámbar; el cuarto quedó limpio y después ellas comenzaron a preparar café, atol de maicena, platanitos y frijoles fritos. Comimos las cinco en la mesita de pino y con mi lengua limpie el plato cuando terminé de comer, todas se me quedaron viendo y se rieron de lo que había hecho. Me quede dormida en una cama y me despertó la bulla de mis tías diciéndome que me vistiera para irnos. Mi tía Miriam me ayudó a vestirme, diciéndome con voz aniñada, “mama yinda ya nos vamos, ishtite pesh”. Me puso calcetas, zapatos, una gorra de lana y un abriguito para cubrirme del frío y así me sacó del cuarto agarrada de su mano llevando en su cabeza un bulto de ropa.

En el patio había aproximadamente unas siete señoras más, todas tenían los bultos de ropa y sus hijas e hijos de todas edades listos para ir a lavar. Mi tía Elizabeth me dio un termo con café para llevarlo cargando y una a una las matronas salieron por la puerta del mesón seguidas de una pandilla de niños que caminábamos detrás de ellas jugando, sacándonos la lengua, empujándonos, haciendo bulla, corriendo y agarrándonos las manos para caminar juntos.

Mi abuela caminaba con un bulto de ropa en la cabeza y con una bolsa con jabón y Fab, la marca de detergente que ella usaba. No recuerdo cuanto camino recorrimos, pero cuando llegamos ya había otras mujeres allí con niños, todas se pusieron a descargar sus bultos, agarrar una pila cada una, a mezclar el Fab con agua en guacales de aluminio o de plástico de todos colores y poner la ropa a remojar. La tamalera, como llamaban a la mujer que llegó a vender tamales, pasó preguntándole a cada mujer cuantos tamales y tazas de chocolate iban a querer cada una. Cuando llegó a donde estaba mi abuela, ella le pidió cinco tamales y cinco chocolates y un tamalito dulce, -pero bien hechito para la niña-, le dijo. Horas después la mujer llegó con el desayuno, nos comimos los tamales calientitos, con el chocolate caliente que ella trajo en una carreta de madera con llantas cubiertas con acero, manuelas para jalarla y un cinturón de cuero con el cual la jalaba un hombre que había cubierto parte del cinturón con un pañuelo para ponérselo sobre la frente y ayudarse a jalar. Mientras descansábamos por un rato, un policía municipal les dijo a las mujeres que la próxima vez solo las dejarían lavar un bulto por familia, mi abuela escucho en silencio y después comento –como que no tuviera necesidad, el bruto-. Me acosté sobre un bulto de ropa a ver a mi abuela lavar. Ella movía rítmicamente los brazos y el torso lo que provocaba a su vez un movimiento rítmico de sus caderas como ejecutando un baile. Regresamos ya entrada la tarde al mesón, con la ropa lavada y seca. Al siguiente día la planchó toda y yo le ayudé a guardarla. Del silencio en que nos mantuvimos todo el día aprendí esos largos momentos de solitud que hasta ahora conservo.


Años después de tener una relación entre las dos, en la que ocasionalmente mi hermana María Inés participaba, llegó un tercer personaje a nuestras vidas. Un niño de ojos indefinidos; cuando se le ponía una camiseta azul, los ojos eran azules; cuando su camiseta era verde, sus ojos eran color verde; cuando usaba camiseta morada, los ojos eran color violeta; cuando se le ponía camiseta gris, los ojos eran grises. Yo pensaba que el niño tenía una enfermedad en los ojos; no me atreví a decirlo ya que por todas las atenciones que se le dispensaban, supe que lo quería tanto como a mí.

El niño tenía la piel morena clara y una sonrisa que me acompaña toda la vida. Aún ahora cuando lo veo sonreír, me acuerdo de sus travesuras y las alegrías que juntos le dimos a mi abuela. Desde su llegada nos convertimos en Dorita y Raulito los niños adorados de la abuela. Quienes al pelearnos la atormentábamos, exigíamos que lo que se le daba a uno también se le daba al otro, si castigaban a uno también al otro, nos disputábamos la pierna derecha de la abuela para sentarnos en ella y por supuesto el amor y atención de ella.

Un día casi la matamos de un ataque al corazón cuando nos atravesamos corriendo la línea del tren y quedamos en medio de dos diferentes rieles en medio de dos trenes que iban pasando, mientras encantados él y yo veíamos las llamas de las locomotoras, ella gritaba desesperada por nosotros ¡me los mató, me los mató, ay Dios mío me los mató!, esa noche Raúl y yo conocimos la paleta de la cocina en las nalgas. Yo estaba ya en edad de ir a la escuela, entonces Raúl me aventajaba ya que él vivía con la abuela y pasaba más tiempo con ella. Pero cuando yo llegaba a verla recobraba todo el terreno perdido con mi “encantadora voz” y los poemas que me aprendía de memoria para recitarlos frente a ella. También le contaba los cuentos que leía.

Ella era amante sin escondrijos de la literatura, ella misma decía- ¿Cómo es posible que a una costurera como yo, le gusten tanto los libros?- No encontraba eco en nadie más que en mi papá y mi mamá, y posteriormente en mí quien la hizo olvidar cualquier agravio que tuviera contra ellos. Mi mamá entendía ese amor y me decía –décile a tu abuela que venga, que vos visite ya que hay nuevos libros-. Mi mamá amaba la poesía, no tanto como a mi papá, pero la amaba y me leía versos que me ayudaba a memorizar para mis batallas campales por la atención de mi abuela contra los bellos ojos de mi adorado primo. Años después mi prima Katherine escribe versos de una vena que seguramente heredó de la abuela.

Fui creciendo y las visitas se hicieron más esporádicas, y en la adolescencia casi nulas. Mi padre y mi madre decidieron regresar a vivir a El Salvador. La guerra comenzó en El Salvador y me alejé completamente de la familia, cuando regresé de la montaña la fui a ver; me abrazó, le agradeció a todas las fuerzas supremas del universo que ella conocía que estuviera vivita y coleando, me recordó la dulzura de mi niñez, los vestidos que me hacía, abrazó a mi hijo, lo besó y dijo que era su bisnieto preferido ¡claro, era el único en esa época! Ya la abuela había pasado por la experiencia de tener 17 nietos, de los que no logró conocer a dos.

A los otros nos cuidó y amó muchísimo. Mi abuela murió, y como a tantos otros entierros, al de ella no pude ir, la distancia era inmensa. Me queda el recuerdo de las noches de luna llena tomadas de la mano en el patio de su taller señalando las estrellas.