Apuntes de: Sánchez Ch. (18 de Oct. 2024)
Libro 2
Una reunión inoportuna
Era un día precioso, tibio y diáfano de fines de agosto. La
entrevista con el ermitaño debía celebrarse después de la última
misa, a eso de las once y media. Era la primera vez que los tres
hermanos se reencontrarían ya como adultos con su padre.
Debían esclarecer la demanda que Dmitri había interpuesto
contra su padre, por haberse apropiado de los terrenos que
fueron de su madre y que el padre se los quedó injustamente.
Aliosha propuso que la reunión se efectuara en el monasterio,
para que el ermitaño Zósima fuera testigo y mediador.
Los convocados arribaron en dos coches, en el primer coche
arribaron Miusov y Kalganov, dos amigos de Aliosha que
levantarían el acta y del otro coche bajaron Fiodor Karamazov
con su hijo Iván. Dmitri llegaría por su cuenta y Aliosha les
esperaba en el monasterio.
Al momento de su arribo los feligreses salían de la misa y varios
menesterosos los rodeaban con sus ruegos, pero ninguno de
ellos les dio nada, por fin Kalganov, ya muy atolondrado se sacó
una moneda de diez kopeks y la puso en las manos de una
mujer, diciéndole: “repártanse esto en partes iguales”
Ninguno sabía en cual salón se realizaría la reunión y
confundidos decían ¿A quién le podemos preguntar? En ese
momento un fraile se les acercó diciendo: “no se preocupen yo
les conduciré” Ninguno de ellos había estado antes en un
monasterio y asombrados miraban hacia todos lados. Siguiendo
al fraile atravesaron un bosquecito hasta llegar al claustro donde
se encontraba el ermitaño. Antes de entrar Miusov le advirtió a
Fiodor que debería comportarse bien.
- Recuerde que el ermitaño adivina en los ojos a que viene la
gente y los pecados que cada uno trae. - No se preocupe le respondió Fiodor no me enojaré, no
quiero quedar mal parado, y quiero sostener con calma mis
ideas.
Los visitantes entraron en la habitación al mismo tiempo que por
otra puerta llegaba el ermitaño acompañado de dos monjes. Los
bendijo a todos y después de los saludos y las reverencias
acostumbradas tomaron asientos y comenzaron las pláticas
previas. En uno de los diálogos Fiodor Pavlovich se dirigió al
ermitaño y poniéndose de rodillas le preguntó: - Padre Zósima, ¿Qué debo hacer para alcanzar la vida
eterna?
Conociendo a Fiodor Pavlovich era difícil saber si aquello era una
broma o si en efecto, estaba conmovido de verdad. El ermitaño
Zósima dirigió los ojos hacia él, y le dijo con una sonrisa: - Usted mismo lo sabe desde hace mucho tiempo, lo que hay
que hacer, no carece de inteligencia; no se dedique a beber
ni a proferir discursos procaces, luche contra el deseo de la
lujuria y, en especial contra el ansia de la acumulación
pecuniaria, cierre sus tabernas y, si no puede todas cierre
dos o tres aunque sea. Y sobre todo y ante todo, no mienta. - ¿Se refiere a lo de Diderot? Le preguntó Fiodor.
- No, no lo digo por lo de Diderot. Lo principal es que no se
mienta a sí mismo. Quien se miente a sí mismo y su propia
mentira lo convence, llega a confundir la verdad dentro de él
y a su alrededor, por lo que deja de respetarse a sí mismo y
respetar a los demás. Al no respetar a nadie, deja de amar.
Al carecer de amor, se dedica a las pasiones y a los
placeres groseros. Además, sus vicios traspasan los limites
trazados por la naturaleza; todo por las constantes mentiras
propias y a extraños. Quien se miente a sí mismo puede ser
el primero en mostrarse ofendido. Porque el ofenderse
resulta a veces muy agradable, ¿no es así? Uno sabe que
nadie lo ofendió, que él mismo inventó la ofensa y mintió
para condimentar un relato, que el mismo exageró para
producir un cuadro; que el mismo buscó tres pies a la
palabra e hizo una montaña de un granito. El mismo lo sabe
y, a pesar de todo, es el primero en ofenderse, se ofende
hasta sentir una sensación de placer, una gran satisfacción,
y con ello llega hasta la verdadera hostilidad… Pero
levántese, deje de arrodillarse, tome asiento, se lo ruego de
verdad, porque todo esto son también gestos falsos… - Déjeme besar su mano –dijo Fiodor- levantándose y
besando la huesuda mano del ermitaño. Justamente resulta
agradable ofenderse. Jamás nadie lo explicó de forma tan
clara como usted lo acaba de hacer ahora. En efecto, toda
mi vida me di por ofendido para experimentar una sensación
agradable, por causas estéticas, porque en ocasiones
sentirse ofendido además de agradable es hasta hermoso.
Esto es lo que usted ha olvidado, gran ermitaño: ¡hermoso!
Así lo redactaré en mi cuaderno de notas. He mentido, toda
mi vida, lo he hecho cualquier día y a toda hora. Realmente
soy la mentira y el padre de la mentira, pensándolo, bien no
soy el padre soy el hijo de la mentira, y eso es ya mucho.
Mientras se desarrollaba la reunión, el ermitaño Zósima, debía
atender al mismo tiempo a los peregrinos que acudían a él en
busca de milagros y consuelos a sus desafortunadas vidas. El
ermitaño pidió que lo disculparan pues debía salir para atender
peregrinas que clamaban por sus palabras de consuelo y
amor.
Un fenómeno curioso ocurrió mientras se desarrollaba la
reunión, que es preciso entender. Es sobre los milagros de
sanación que ocurren cuando un creyente implora ante
alguien, en quien ha puesto toda su fe y confianza en busca de
alivio a sus quejas y que fue redactado bajo el titulo de las
“Las Mujeres Creyentes”.
Algunas personas que acuden a estas campañas de sanación
son actores puestos en escena (farsantes o charlatanes) que
funcionan para crear un ambiente favorable, para que el resto
de los creyentes, pongan toda su confianza en que el milagro
ocurrirá.
“Al padre Zósima le llevaron a una muchacha histérica
sostenida de ambos brazos. Ni bien vio al ermitaño empezó a
chillar de un modo absurdo, a gemir y a estremecerse como si
tuviera convulsiones. El ermitaño le colocó la estola en la
cabeza y rezó una breve oración, tras la cual la mujer se
serenó y se tranquilizó en el acto.
En mi niñez pude ver y oír con frecuencia en las aldeas y
monasterios a estas histéricas –recordó Aliosha-. Las llevaban
a oír misa; ellas chillaban y aullaban como perros, alborotaban
toda la iglesia, pero cuando traían al Santísimo y las
acercaban a él, las poseídas se calmaban y permanecían
tranquilas durante un rato. Yo, que era un niño (dijo Aliosha)
no podía evitar de impresionarme y sentir admiración a la vez.
En aquel entonces cuando pregunté a algunos maestros y
terratenientes de la ciudad, ellos siempre contestaban que
todo era una farsa, que lo hacían para no trabajar. Para
corroborarlo me contaban diversas y divertidas anécdotas.
Más tarde, me enteré de boca de médicos especializados que
no hay ninguna farsa, no se trata de una puesta en escena,
sino de una espantosa enfermedad femenina, más común en
Rusia que en ningún otro país, y que es una prueba de la
calamitosa situación en que se debaten nuestras campesinas.
Es una enfermedad que nace a partir del trabajo agotador,
como consecuencia de partos complicados, mal atendidos, sin
la menor asistencia médica. También se debe al incurable
dolor que se apodera de ellas, a las palizas etc. Y que algunas
complexiones mujeriles no pueden soportar.
Tanto las enfermas como las mujeres que las acercaban al
Santísimo estaban absolutamente convencidas, de que el
espíritu maligno que se había apoderado de las poseídas
(enfermas) jamás podría soportar que estas se inclinaran ante
el Santísimo. Por eso el milagro siempre se producía, y debía
de producirse una especie de conmoción en el organismo de la
afectada al momento de postrarse ante el Santísimo,
conmoción originada por la espera del infalible milagro de la
curación y por la fe absoluta de que este milagro se realizaría.
Éste aunque durase sólo unos minutos, se realizaba. Ocurrió
lo mismo, aquel día, en cuanto el ermitaño le colocó su estola
a la enferma”.
Otras mujeres esperaban ser atendidas. Una de ellas sufría
por la muerte de sus hijos, el último hijito aun no cumplía los
tres años cuando murió. Ella enloqueció abandonándolo todo y
cuando estuvo frente al ermitaño le dijo:
- Padrecito he caminado más de trecientos kilómetros para
venir a verlo. - ¿Eres de la ciudad? Le preguntó Zósima.
- Si soy de la ciudad, de la ciudad padrecito. Soy de origen
campesino pero vivo en la ciudad. He estado en tres
monasterios y en todos me dijeron que viniera a buscarlo. - ¿Por qué lloras mujer? ¿Por qué sufres?
- Sufro por mi hijo, por mi hijito. Era el último que nos
quedaba. Nikitushka, mi esposo y yo tuvimos cuatro.
Enterré a los tres primeros y no lo sentí mucho, pero al
último no puedo olvidarlo. Tengo el alma seca. Después de
enterrar a mi pequeño hijito le dije a mi esposo: “Déjame ir
en peregrinación” Eso hace tres meses, no quiero volver a
ver mi casa, no soporto estar en ella, todo me recuerda a mi
hijito. - “Debes alegrarte mujer que tu hijito ahora es uno de esos
angelitos que Dios ha llamado para que lo acompañen en su
trono. Por eso no debes llorar, sino alegrarte”. - Lo mismo me decía mi esposo cuando intentaba
consolarme. Ya lo sé que está en el cielo con Dios, no
puede estar en otro lugar le decía yo, pero ahora no está con nosotros, si tan solo pudiera verlo aunque sea una sola vez.
De un bolsillo extrajo el pequeño cinturón bordado de su hijo y no
hizo más que mirarlo hasta que se estremeció en sollozos y se
tapó los ojos con las manos, dejando escapar una catarata de
lágrimas.
- ¿Cómo se llamaba tu hijito?
- Alexei, padre.
- Oraré por Alexei, pero ahora debes regresar al lado de tu
marido. Es un pecado dejarlo solo. Vuelve con tu marido y
cuídalo y desde el cielo tu hijito se regocijará al verlos de
nuevo juntos. - Iré padrecito, obedeceré tu orden.
Apenas terminó de consolarla le acercaron otra mujer que dijo ser
viuda, y que uno de sus hijos lo trasladaron a una comisaria en la
Siberia, que desde allá le había escrito dos cartas, pero ya hacía
más de un año que no tenía noticias de él. Ella lo daba por
muerto y una vecina le recomendó que visitara al ermitaño, para
que rezara por su alma. - Dime tú que eres nuestra luz. ¿Estará bien o estará mal
rezar por su alma? - Ni siquiera lo pienses. ¿Cómo es posible pedir por el eterno
descanso de un alma viva, y que eso lo haga su propia
madre? Eso es un gran pecado. Mejor ruega por su salud y
que te perdone por tus malos pensamientos. Tu hijo
regresará pronto o en su defecto recibirás una carta suya.
Vete tranquila tu hijo está vivo, te lo digo yo.
Veinte minutos habían transcurrido desde que el ermitaño estuvo
afuera atendiendo a las peregrinas, ya eran las doce y media y
Dmitri seguía ausente. Cuando el ermitaño volvió, vio que una
animadísima conversación se había entablado entre sus
visitantes.
- Estábamos hablando de un artículo publicado por Iván. Dijo
el padre bibliotecario dirigiéndose al ermitaño. Es la
respuesta que Iván escribió a otro artículo sobre los
tribunales eclesiásticos y la amplitud de sus derechos. Iván
rechaza por completo la separación de la Iglesia y el Estado
Dostoievski pone en boca de Iván la mayoría de sus
pensamientos al momento de escribir esta novela.
Iván callaba mientras escuchaba las opiniones de los reunidos
sobre sus creencias acerca de la relación entre Iglesia y Estado y
para dejar bien claras sus ideas dirigiéndose al ermitaño dijo: - Todo el sentido de mi artículo reside en que los tres
primeros siglos de nuestra era cuando la iglesia, fue iglesia
y nada más, hasta que la Roma pagana quiso convertirse al
cristianismo, y se limitó a incluir la iglesia dentro del Estado
Romano pagano y aun después de haber adoptado el
cristianismo, muchas de las prácticas de tal Estado
siguieron siendo paganas. Cuando la iglesia de Jesucristo
formó parte del Estado pagano, no podía ceder ninguno de
sus fundamentos, sólo podía perseguir sus propios fines que
ya habían sido señalados por Jesucristo, entre ellos, el de
convertir a todo el mundo e incluso al mismo Estado en
Iglesia. No es la iglesia la que debe buscar un lugar dentro
del Estado pagano, por el contrario, es el Estado el que
debe convertirse en iglesia, apartándolo del falso y erróneo
camino del paganismo.
El padre Bibliotecario interrumpió a Iván para opinar que todas
las teorías del Siglo XIX postulan que la iglesia debe convertirse
en Estado como si progresara de una fase inferior a otra superior,
para luego dar paso a la civilización. Si la iglesia se resiste el
Estado le reservará un rincón desde el que la pueda controlar y
así será en todos los lugares dentro de los actuales países
civilizados. Pero según la comprensión y las esperanzas del
pueblo ruso lo que hace falta no es que la iglesia se convierta en
Estado, sino al contrario, es el Estado el que debe terminar
asemejándose a la iglesia y nada más. ¡Así será esto! !Así será!
Miusov, quiso contar una anécdota de la cual él fue testigo. Contó
que en una recepción que le ofrecieron en una visita a Paris, un
alto jefe de la policía francesa con toda honestidad -le dijo- que a
todos los socialistas los tenían vigilados y controlados, pero
nosotros no tememos tanto a estos socialistas, anarquistas, ateos
y revolucionarios, los vigilamos y seguimos sus pasos; pero entre
ellos hay un grupo especial, los que creen en Dios y al mismo
tiempo son socialistas, estos son los que más temor nos inspiran,
porque cuando la perversidad se justifica con una doctrina y el
fanatismo se apodera de los grupos humanos, estamos en la
presencia de un panorama de gente diabólica y espeluznante.
Todo esto pasaba y Dmitri aún no llegaba; se oyeron pasos como
de un soldado en desfile, era Dmitri; se detuvo en el umbral y
dirigió su mirada al ermitaño, le dedicó una profunda reverencia y
le pidió su bendición. El ermitaño lo bendijo y Dmitri le besó
respetuosamente la mano y emocionado dijo:
- Ruego encarecidamente que perdonen mi demora, pero
cada vez que le preguntaba la hora de la reunión al criado
de mi padre, siempre me respondía que era a la una.
A pesar del conflicto que los convocaba padre e hijo se saludaron
respetuosamente. El dialogo que tenían antes de la llegada de
Dmitri continuó por varios minutos. En un momento el ermitaño
quiso bendecir a Iván, este se acercó a él y Fiodor (El padre)
saltó de su asiento diciendo: - Santísimo ermitaño, este es Iván es carne de mi carne, es
mi más fiel hijo, mientras que el otro, el que acaba de llegar
es el más irrespetuoso. Pero ahora no solo necesitamos sus
oraciones sino también sus profecías. - No diga tonterías –respondió el ermitaño- no ofenda a sus
familiares. - Es una indigna comedia que yo ya presentía al venir –dijo
Dmitri- irritado y también levantándose. Perdone reverendo
ermitaño, pero ha sido engañado y usted ha sido demasiado
considerado al permitir que nos reuniésemos ante su
presencia. Lo único que mi padre busca es escandalizar; él
nunca deja nada al azar. Pero ahora me parece adivinar
cuáles son sus intenciones. - Todos ellos me acusan –dijo Fiodor- me acusan de haberme
quedado con el dinero de mis hijos y que no lo quiero
devolver. ¿Es que acaso no hay tribunales? Yo tengo
documentos que confirman que Dmitri me debe a mí, y no
cualquier cosa, sino miles de rublos. ¿Saben para que
quiere ese dinero? Para dilapidarlo en jergas con esa
mujerzuela. - ¡Cállese! –grito Dmitri- no hable mal en mi presencia de
una señorita nobilísima, es una vergüenza que se haya
atrevido a mencionarla… ¡No lo permitiré! - ¿Dónde quedó la bendición paterna? ¿Qué pasaría si te
maldijese? - Usted es un sinvergüenza y un farsante –le dijo Dmitri a
Fiodor- - Oigan como trata a su padre. Si así trata a su padre ¿Qué
será de los demás? - Usted me acusa de juerguista y quiere que yo vaya a la
cárcel, solo porque ha empezado a asediar a esa señorita
con sus pretensiones. Ella misma me lo ha dicho. Disculpen
mi enojo, ya suponía que este viejo pérfido los había reunido
para causar una batahola. Yo estaba dispuesto a perdónalo
si él me ofrecía una mano. Pero no solamente me ofendió a
mí, sino también a una señorita nobilísima, cuyo nombre me
reservo.
La discusión se fue alterando y subiendo de tono, todos estaban
alterados, a excepción del ermitaño, se levantaron se levantaron
de sus asientos. Este seguía en su asiento de vez en cuando
levantaba su mano conteniéndose, un solo gesto suyo hubiera
sido suficiente para parar aquella explosión de cólera. Aliosha se
sentía definitivamente avergonzado. Sacando fuerzas dijo: - Todos nosotros somos culpables de este bochorno. Hay que
terminar esto Ahora mismo. Reverencia, yo no conocía
todos estos pormenores que aquí se han hecho públicos. El
padre siente celos del hijo por una mujerzuela y trata de
confabularse con ella para enviarlo a la cárcel…He sido
engañado, he sido engañado igual que todos…
Toda esta escena que había alcanzado límites feroces culminó
de la manera más inesperada. El ermitaño se puso de pie, dio
unos pasos dirigiéndose a Dmitri, Aliosha le ayudaba a
sostenerse tomándolo del brazo, cuando el ermitaño estuvo
frente a Dmitri se inclinó haciéndole una reverencia hasta tocar el
suelo. Aliosha estaba tan confundido que ni siquiera pudo
agarrarlo. Cuando el anciano ermitaño se levantó, soltó una leve
sonrisa y dirigiéndose a todos dijo:
- ¡Perdónenme! ¡Perdónenme todos!
Dmitri estaba pasmado. ¿Qué significaba esa profunda
reverencia? Finalmente exclamó: ¡Oh Dios mío! ¡Dios mío!… y
cubriéndose la cara con ambas manos salió de la habitación.
Todos los testigos se quedaron asombrados; fue una
premonición del trágico destino que le depararía a Dmitri. Este
hecho tiene un tremendo significado en la novela. A partir de allí
se desarrolla un debate que el autor ha llevado consigo mismo: el
antagonismo entre la predestinación y el libre albedrío. ¿Somos
libres o venimos predestinados?
Estaba previsto un almuerzo al término de la reunión pero nadie
de los invitados estaba con ánimos de probar bocado. Aliosha
siguió acompañando al ermitaño Zósima y quería preguntarle
algo que le quemaba la lengua, ¿Qué significado tenia aquella
reverencia ante su hermano Dmitri?

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