El Comandante Aldo (2da. Parte)

Por: Lobo Pardo (18 de Octubre, 2024)


Lo cierto es que desde la partida de los tres promovidos hacia la Universidad de Los Ángeles California, no se volvió a tener noticia de ninguno de ellos. Con toda probabilidad se trató de un caso más de “robo de cerebros” pues como estudiantes eran de los mayormente calificados.


Antes de partir traspasó Gabi su auto a nombre de Calulo, únicamente por la razón que Aldo carecía de licencia de conducir. Además donó los muebles con que contaba a aquella agrupación que para Gabi era bohemia; para Calulo conspirativa. A Cambio hizo prometer a su novio que no abandonaría a su hermano hasta que éste consiguiera colocarse en alguna ocupación donde pudiese ganarse la vida.


De momento se ocupó Aldo de habilitar la sede del Sindicato de Trabajadores Impresores a cambio de un lugar donde dormir. Esto por tiempo limitado ya que el local era sumamente estrecho.


Justamente un día antes que concluyera el contrato del alquiler que había dejado Gabi cancelado, terminaban de trasladar los muebles a un lugar que Aldo no debía conocer, pues se trataba de la nueva casa de seguridad que instalaba Calulo. Para éste, luego de la experiencia de haber vivido bajo el mismo techo, lejos de disminuir habían aumentado las reticencias hacia el hermano de su novia. Su total carencia de mística constituía un verdadero escándalo en medio de aquel germen conspirativo. No pocas veces las demasiadas medidas de seguridad se contraponen con la agilidad necesaria para cumplir con la misión. Había caído la noche.

– Andá a dar una caminata por ahí mientras entrego estas cosas (muebles). Dentro de media hora en punto te recojo en esta misma esquina. Ni un minuto más, ni uno menos! –agregó enfáticamente para dar a entender que sus actuaciones eran regidas por la mística y la disciplina. Para Aldo aquellas actitudes de Calulo no eran otra cosa que cursilerías, pero para no complicar las cosas a la hora en punto estuvo de regreso en el lugar acordado.


Esperó un cuarto de hora. Un carro patrulla se aparcó frente a él. Los policías le estuvieron observando. Uno de ellos salió del carro y se dirigió hacia él; le pidió identificarse. Aldo mostró su documento de identidad. El apellido sonaba fuerte por el cargo desempeñado por su padre.

– ¿Qué hacés aquí?

– Espero unos amigos. Iremos a beber un par de cervezas. – Había en la corporación policiaca la cultura que aún en situaciones delictivas era mejor evitar confrontación con gentes de apellidos célebres, pues las consecuencias de ello podían resultar adversas en demasía. Escrutó de pies a cabeza al interpelado; le pareció buen chico, le devolvió el documento y le dijo mientras se alejaba.

– Te podés aquel refrán que dice “si toma no maneje”…?

– Si señor! Por eso iremos en Taxi.- Calulo apareció con casi una hora de retraso y una extensa sarta de justificaciones en las que la culpabilidad recaía invariablemente en terceras personas.


*


En el pequeño salón muy bien acondicionado del recóndito interior del bar Alcázar, la discusión era acalorada pero en voz baja alrededor de una botella de wiskey y exquisitos bocadillos. Los participantes estaban todos armados con pistolas enfundadas bajo las axilas. Discutían quién de los altos jefes de la corporación militar debería ser el próximo presidente de la república. El debate se había vuelto intrincado porque a pesar que el liderazgo debería ser una cualidad castrense, éste atributo brillaba por su ausencia en los altos niveles de la entidad. La decisión última la toman las altas esferas económicas del país, pero el debate acerca de quién es el ungido es objeto de acalorados debates a nivel del estamento militar. Alguien propuso un receso para reordenar ideas y argumentos.

Creo que la falta de acuerdo es porque ustedes deben estar tan hambrientos como yo ¿no? –dijo y agregó–: Vámonos para el Sheraton! – Nadie se opuso. Se comunicaron por walking talking con los choferes y se dirigieron a abordar dos VMW negros que los esperaban en las afueras.


La hora estaba avanzada pero el tráfico automotor aún se mantenía pujante y bullicioso. Calulo y Aldo se habían adentrado al casco histórico de San Salvador. De repente el auto negro que avanzaba delante de ellos se detuvo bruscamente y dio marcha atrás como para retomar el cruce que estaba a punto de superar a fin de no perder de vista el vehículo que le precedía. A pesar que Calulo frenó en seco no pudo evitar la colisión que le destrozó el reflector izquierdo. Del otro auto bajaron dos hombres. Uno se dirigió a comprobar si habían daños en el VMW; el otro pistola en mano se dirigió hacia Calulo que siempre llevaba una Beretta debajo del asiento. En situaciones como ésta las instrucciones eran pegar primero y darse a la fuga, pero Calulo quedó petrificado incapaz de echar mano a la pistola. La intención del otro no era de atacar, sino intimidar. Mientras avanzaba hacia calulo se colocó el arma bajo el cinturón a la altura del ombligo. En tono amistoso colocó sus antebrazos en el borde inferior de la ventanilla para decir al chofer: –Mirá papá. Te voy a dar un consejo: olvidate de este asunto y andate para tu casita donde seguro te esperan mujer e hijos, ya que los que van en este carro son de los vatos bravos y además andan tragueados. ¿Te parece?

– Pues si señor! Ni hablar! Tengan buenas noches…! – Pasado el susto, antes de dejar a Alexis en el local que le serviría como dormitorio, le comentó: –No era para menos! Ese cabrón que bajó a examinar si el VMW tenía golpes es el coronel Ochoa. Lo apodan el carnicero de Cabañas.


*


Se tornó inevitable la toma de la facultad de medicina por parte de los estudiantes, con el fin de protestar en contra de señalar a dedo una vez más otro coronel quien sería elevado a la primera magistratura a las buenas o a las malas. Vino a aliviar esta acción, la precaria situación de Aldo pues se servían ahí tres tiempos de comida, refrigerios; se dormía sobre colchonetas dispuestas en el suelo…, y el ambiente era de lucha pero festivo.


El coronel Romero terminó por ser impuesto luego de una espantosa masacre nocturna sobre las masas que se concentraban en el centro de San Salvador.


Concluida la coyuntura y que entre los informes rendidos hubo satisfacción sobre la actuación de Aldo, determinó el máximo organismo político militar, ofrecerle la militancia e invitarlo a un curso de oficial guerrillero en el exterior. Este aceptó encantado pues tal cosa le permitía resolver su problemática personal por un largo período de tiempo ya que concluido el curso sería incorporado a las células clandestinas que preparaban el desenlace de la lucha armada. La confabulación política le permitiría asegurar alimentación y vivienda; incluso algo que no estaba en sus cálculos: el amor.


Era él un muchacho apuesto; físicamente muy bien formado. Claudia no era una belleza de mujer, hasta cierto punto diríase, poco agraciada. Tampoco era una intelectual. En el terreno moral y combativo sin embargo, derrochaba energía y optimismo. Era de esas mujeres que por salvar a su familia son capaces de entregar la vida misma. Esto fue lo que a Aldo le cautivó de ella. Se había criado el apuesto joven en un ambiente de mujeres hermosas y bellas, pero de magras cualidades espirituales.


Vivía la muchacha en Ciudad Delgado, casa de sus padres junto con dos hermanos más. Los cinco simpatizantes de la lucha; Claudia la más comprometida.


Poco más de un año después, finalizado el curso, sin ninguna comunicación de por medio por razones de seguridad, la tarde que apareció Aldo sin previo aviso, Claudia no estaba en casa.

Le abrió la puerta la mamá. Llevaba una robusta bebé en los brazos. Cuando la crío posó en él la mirada, Aldo tuvo la impresión que quien le miraba era su propia madre; sin mediar palabras la tomó en sus brazos y hubo entre ellos una suerte de amor a primera vista.

Se acercaba la hora de cenar. Con el dinerillo que el Partido le había proporcionado para que se procurara manutención antes de ingresar a la zona guerrillera, había Aldo procurado los ingredientes necesarios para una pequeña fiesta: pollo semidescuartizado, arroz, verduras especies…


Cuando el resto de la familia llegó de sus quehaceres cotidianos encontraron a la madre de Claudia en plena faena culinaria y a él desbordado de amor hacia su hija de la que no sabía que había venido al mundo.


A Claudia invadió una inmensa alegría, pero la dureza de la vida que había llevado había modelado en ella una mujer a quienes costaba mucho expresar sus sentimientos.


Fue una efímera luna de miel que duró poco más de una semana. Aldo partía a la zona guerrillera y Claudia quedaba en la ciudad a cumplir su valioso papel en la lucha urbana. Ambos habían sido aleccionados por el alto mando y así lo entendían, que el triunfo únicamente podría ser posible a través de enormes sacrificios. La historia demuestra sin embargo que en tales contextos no son pocos las privaciones exigidas a los subordinados de los que los mandos quedan eximidos.

El bautizo de fuego


Aldo entraba al frente no en calidad de mando, sino como guerrillero raso, cualquier cargo lo debería ganar en el campo de batalla. La única protección con que contaba era un revolver Smith and Wesson 357 mm, de modo que cuando comenzaron a sonar los disparos y siendo primera vez que se veía en tales circunstancias, el instinto le aconsejó pegarse a los compañeros que con armas largas le habían ido a recoger a la carretera. Por fortuna los atacantes eran una patrulla de reclutas de la sexta brigada en plan de fogueo que hostigaban desde una distancia considerable. Rápidamente se batieron en retirada. No obstante el nuevo guerrillero aprovechó para comprobar el estado de su arma disparando a blancos situados fuera del alcance de la Smith and Wesson. Llegó al campamento de la zona sin embargo, revestido del aura que da el bautizo de fuego.


*


Situado ahora en condiciones para aniquilar los fantasmas que lo acosaban, descubrió sin embargo que tales espectros eran inmateriales…; una suerte de etéreas sanguijuelas invulnerables a las balas, que parasitaban su sicología. Nunca había estado en un campamento auténticamente guerrillero. Aquél donde había recibido el curso de oficial estaba compuesto por jóvenes rebosantes de místico entusiasmo que vivían tal experiencia como colegiales convencidos que los regímenes latinoamericanos estaban próximos a caer como fichas de dominó bajo el empuje de una lucha popular en pleno apogeo.


Desde la primera noche en la zona guerrillera percibió todo tan distinto. Hasta el chirrido de los grillos y las mortecinas hogueras le parecían deprimentes. Había entusiasmo, sí, pero ya no era aquel preñado de consignas agitadas por alegres colegiales. Era el tosco ímpetu de combatientes campesinos que entendían poco de consignas pero mucho de vergüenza combativa. El choque con la realidad era tétrico. En cada misión a que salían aquellos combatientes llevaban hamacas para cargar heridos hacia los hospitales de campaña; o cadáveres hacia una sepultura decente. Aquello dejaba de ser una ensoñadora teoría juvenil para abrir paso a la guerra cruda y real.


Tuvo Aldo que hacer esfuerzos sobrehumanos para no sucumbir a la astenia y las pesadillas que le inducían a la angustia y le robaban el sueño con más frecuencia que antes. En la más recurrente de esas pesadillas su padre asesina a su madre. El observa la escena con ojos de niño asustado mientras su progenitor dirige a él una mirada mezcla de burla y menosprecio.


*


Nelo, fatuo, presumido y ambicioso, gran conocedor de las debilidades del ser humano, unos quince años mayor que Aldo, le observaba discretamente. “Parece un polluelo aún sin plumas caído de algún nido”, decía para sí aquel miembro del mando superior, “esa arcilla aún puede ser moldeable”. Poco a poco lo fue tomando bajo su protección. Fue para aquel muchacho como la llegada a una nueva etapa en la vida; el encuentro con un tutor que sustituía al padre que siempre lo rechazó y él quería tener.

“Irregular. El carácter del enfrentamiento sugiere que el mando de tropas cae por su peso en cuadros venidos de un curso de oficiales. Al mando de la unidad encomendada a Aldo, en su primera acción de cara a la incursión a la zona por la quinta brigada y bajo la tutela de Nelo, tuvo como único mérito mantener la posición sin llegar a entrar en combate. Se dice que detrás de toda conformación política o militar visible, hay una invisible instancia que es el verdadero “poder detrás del trono”.


¿Qué verdadero poder aupó a ese inexperto muchacho a jefe de la zona guerrillera? Lo cierto es que en cierta coyuntura de crisis y reconfiguración, Nelo quedó colocado como número dos.

– “No me siento capaz”, dijo.

– “No te preocupés; estoy con vos…; vos y yo somos un buen equipo, juntos podemos hacer muchas cosas en favor de la revolución…”, replicó aquél.

Hay personas que parece traer el instinto del poder político en los genes. Tal condición permitió a Nelo tener el mando real en sus manos, mientras Aldo ostentaba el mando formal. No gozaba aquél de gran popularidad entre su propia gente, pero habían dos bazas que manejaba con habilidad: el conocimiento topográfico del terreno; y el conocimiento de la idiosincrasia de la gente de la zona.

A aquellos campesinos en su gran mayoría parientes entre sí mantenían unificados hacia un objetivo común, más que alguna tendencia revolucionaria las agresiones que sufrían por parte de los cuerpos armados del régimen, resultado de comulgar con las homilías del obispo Romero.


En su gran mayoría las familias campesinas en El Salvador tienen parientes en el cuerpo de Policía o en el ejército. Este fenómeno tampoco obedece a alguna razón política, sino a que en un país de endémico desempleo, policía y ejército constituyen, aunque precarias, ciertas tablas de salvación a las que hay que aferrarse para sobrevivir.


*


Simona, Matriarca de la zona Titihuapa católica ferviente, anciana de férreo carácter y firmes decisiones deseaba permanecer en la zona guerrillera y aportar almenos como vivandera, pero por su avanzada edad vino a ser huésped de uno de los refugios auspiciados por Naciones Unidas en Sa Salvador. Viuda. Había dado al mundo en su juventud siete hijos entre los cuales se contaba Bruno caudillo de los medianos tierra habientes de la zona.


*


Al otro lado del mundo, en aquella localidad donde Pablo Picasso retrató en su célebre obra “Las terribles damas”, una joven mujer centró su atención en lo que sucedía en El Salvador. Magda, enfermera, trabajo estable; buen salario…, pero así como ciertos europeos arriesgan la vida escalando los elevados picos del Himalaya bajo temperaturas extremas, quiso ella dar algo de sí a aquellas gentes que luchaban por un mundo mejor. El mismo día que aterrizó en el aeropuerto internacional de Nicaragua tuvo lugar una apasionada discusión en un comedor de la terminal de buses de oriente en San Salvador entre David José, de los hombres de Bruno y su tío Marcelino, empleado administrativo de bajo rango en la Policía Nacional. David José salía y entraba de la zona guerrillera clandestinamente, diríase que con frecuencia en su papel de enlace entre el mando insurgente y los refugiados de los cuales era parte Simona.


Marcelino rompió lazos con su parentela desde que éstos se declararon guerrilleros antigobierno. Yendo hacia su casa luego de la jornada laboral, en una concurrida calle del centro de la capital, reconoció a su sobrino; le dio seguimiento hasta interceptarlo entre la multitud de la terminal de buses.

– “Yo a vos te conozco muchacho!”, le dijo.

– “¡Tío!”, exclamó David José, quien según sus cuentas Marcelino aún vivía en Estados Unidos. Entraron a un comedor. Invitaba el tío. La discusión se saldó con un contundente enunciado expuesto por Marcelino.

– “Están ustedes comportándose como verdaderos pendejos”, dijo, “Los comunistas explican claramente que de triunfar ellos las tierras pasarán a ser propiedad del Estado, o lo que es lo mismo, propiedad de la dirigencia partidaria…!. Y aún así, con tan clara explicación están ustedes dando la vida para que esta guerra la ganen los comunistas…! Eso se llama luchar en contra de los intereses propios y es cosa no de gente inteligente, sino de auténticos pendejos…!


Se despidieron.

– “Mirá. Aquí te doy el número telefónico de mi trabajo. Cada vez que vengás al refugio comunícate conmigo, para
que nos encontremos y sigamos conversando.»

Era una misión personal en la que se embarcaba Marcelino en favor de su numerosa parentela. De sus parientes no temía en absoluto. Los conocía; pero sí de la sección de asuntos políticos de la Policía. Si éstos descubrían que conversaba en secreto con un guerrillero podrían acusarlo de infiltrado comunista; podría pasarlo muy mal y estaba dispuesto a ello; pero no quería involucrar a esa sección ya que tampoco compartía absolutamente lo que parecía ser su único método de tratar la problemática: amenazas, tortura, asesinato; masacres; sin pizca de consideración por algún lazo familiar.

Una de las razones por las que el mando guerrillero había designado la tarea desempeñada por David José, era porque éste tenía una mente tan prodigiosa, que era capaz de memorizar mensajes enteros; de modo que no tuvo dificultad alguna para detallar punto por punto a Bruno, los pormenores de la conversación sostenida con Marcelino.

Acordaron no hacer partícipe al tío Nelo de aquello debido a la enorme influencia que mostraban ejercer sobre él los comunistas. Cerraron la conversación con una sentencia dicha por Bruno:

– “Nadie más debe saber esto que me has contado. Te estás jugando la vida vos y me la juego yo. ¿De acuerdo?”

– “De acuerdo” dijo aquél.

A ningún nivel de la guerrilla, ni siquiera en cónclaves íntimos se había ventilado nunca el asunto de la tierra. Las circunstancias no lo habían permitido. Lo principal era salvar la vida no enfrascarse en discusiones de lo que sucedería en el futuro. Mucho menos habían las circunstancias dado chance a discutir la viabilidad o no de la reforma agraria, punto de honor de los comunistas. Pero el mensaje enviado por Marcelino se clavó en Bruno como una espina que en adelante se agregó, acaso como la mayor zozobra de las acarreadas por el conflicto
armado.


Después de pensarlo y repensarlo por varios días buscó Bruno a David José. Le dijo:

– “A las primeras horas de mañana saldrás para el refugio. Dirás a Marcelino que espero nos mantengamos comunicados; en adelante. Vos servirás de enlace. Eso sí, por respeto a mi madre decile que no quiero enfrentamiento ni muertes entre nosotros. Es mejor buscar la forma de abandonar este asunto y no enfrascarnos en un conflicto en el que de ganar los comunistas, perderemos nuestra razón de ser: la tierra”.

– “Únicamente los jefes superiores no son parientes nuestros. Estoy de acuerdo que evitemos todo derramamiento de sangre entre hermanos; pero por razones de seguridad, aquellos que se identifiquen con nosotros no deben soltar su arma ni para ir a cagar; tampoco deben entregarla si se les pide…”, respondió Marcelino.


Talvez sean los refugiados el eslabón militarmente menos beligerantes de los sectores populares, mas no por ello se dan el lujo de bajar la guardia. Los espías con que contaban en el refugio le siguieron la pista a David José en varias oportunidades, hasta que lograron descubrir que cada vez que emprendía regreso al frente guerrillero, se reunía con un tipo desconocido en los alrededores de la terminal de buses.
La información llegó a la zona. El alto mando analizó el hecho que a pesar que su reglamento interno dictaba que cada misión de David José al refugio debía ser aprobada colectivamente al máximo nivel, últimamente bastaba el criterio de Bruno para que tales misiones se llevaran a cabo.

Ni Marcelino ni Bruno eran organizadores o conspiradores experimentados, de modo que lo único que lograron fue una especie de explosión liberal entre masas y combatientes; una suerte de callada rebeldía contra el mando.

La división se respiraba en el ambiente: los más politizados que se mostraban fieles al mando; y los rebeldes que despreciaban las teorizaciones y se dejaban ver retadores y antiautoritarios. Estos rondaban un tercio del total aproximado de sesenta elementos entre masas y tropa.


Luego de días de intenso debate determinó el mando desarmar a los rebeldes, mas no encontraban la fórmula de cómo hacerlo. Nadie quería violencia; los lazos afectivos y sanguíneos entre unos y otros eran demasiado fuertes.


Los ratones habían decidido poner cascabel al gato, pero no acertaban cómo hacerlo. Estos se mantenían agrupados en campamento propio y siguiendo indicaciones se negaban en redondo a desprenderse de sus armas. Por las noches reforzaban las postas de guardia. Sin embargo tampoco tenían un propósito claro. Aquello era una suerte de barril de pólvora, bastaba una pequeña chispa para que explotase. Raquel, uno de los jefes de masas (tareas de retaguardia), se ofreció para desarmar a la tropa desleal sin derramar una gota de sangre. No era un hombre de combate, pero sí taimado y calculador. Había pensado y repensado la fórmula de cómo hacerlo hasta estar seguro de su plan.


El mando superior le concedió aval.

– “Esta situación no nos debe llevar a relajar la disciplina; llevamos muchos días sin practicar ejercicios matutinos; mañana de madrugada me haré presente en el campamento de ustedes y dirigiré el reinicio del matutino. – ¿Qué te parece?”, dijo a Bruno, Raquel.

– “Me parece bien”.

– “¡Alto! ¿Quién vive?”, gritó el centinela a cinco sombras que se acercaban desvaneciéndose la madrugada.

– “Soy yo, Raquel! Vengo a dirigir el matutino!”

– “Enterado! Acérquense despacio con las manos retiradas de los fusiles” – Raquel y sus acompañantes se acercaron pausadamente hasta estrecharse las manos con los postas.

– “¡Quiubo! ¿No me reconocías?”

– “Todavía está oscura la madrugada, compa”- Las vivanderas ya estaban en sus quehaceres alrededor del desayuno. Sirvieron a los huéspedes y a los postas sendas jícaras de café endulzado con dulce de panela (caña).


Apareció Bruno, saludó a los recién llegados. – “Corran la voz, dijo, levantarse todo el mundo! Prepararse para el matutino!”. – En cuando más complicado era un problema a resolver hacía presa con mayor persistencia la astenia en Aldo, de modo que a pesar de los constantes informes que le llegaban vivía aquella situación en medio de una nebulosa mental, asaltado por intermitentes conatos de narcolepsia. No era dirigente político ni militar; era nada más que un chico asustado por las ingratitudes de la vida. A la jefatura de zona le habían llevado aconteceres más relacionados con su porte físico y su apellido que con sus reales capacidades.


Todo dirigente consciente de su papel lleva con él el germen de la intriga, el poder unipersonal y sobre todo el germen de la omisión de responsabilidades directas. A Nelo las condiciones eran propicias para ejercer el mando a través de un instrumento que evitaba que las obligaciones más decisivas recayeran en él directamente.


En prevención de la probable acción de las patrullas de reconocimiento enemigas todo se hacía con la mayor discreción posible. Únicamente la voz pausada de Raquel se hacía medianamente audible. Se formó el pelotón en el patio central del campamento para luego salir al trote, fusil en bandolera sobre la misma vereda por donde había llegado Raquel. A ratos suspendían el trote para avanzar en posición de sapito, de patito, a gatas, a rastras, a saltos… A poco más de un kilómetro se dio la orden de regresar siempre en trote y variantes. Formó de nuevo el pelotón en el patio del campamento. Mandó Raquel: “Pechada en posición” Este es un ejercicio para el cual debe ponerse el fusil en el suelo. Así lo hicieron los combatientes y luego se tendieron a la par de sus armas sostenidos por las puntillas de pies y manos. Brazos tendidos verticalmente. Volvió a escucharse la voz de Raquel: “uno…, dos…, tres…” A cada cuenta se doblaban los brazos acercando el pecho al suelo. A la cuenta de cinco se mandó: “¡De pié…! Firmes…!”


De pie y en posición de firmes se volvió a mandar: “tres pasos al frente mar!!… Todos dieron al unísono tres pasos al frente volviendo a quedar en posición de firmes.


El patio era amplio tal que permitió que la orden se repitiera tres veces, a lo cual siguió la orden de avanzar en posición de patito, de modo que los compas quedaron separados de sus fusiles unos quince o veinte metros de distancia a sus espaldas. Cuando vinieron a reaccionar, tres de los acompañantes de Raquel recogía los últimos fusiles del suelo, mientras que el tercero daba seguridad a éstos con el fusil en guardia. Ordenó Raquel:

– “Siéntense todos en el suelo compas! Desde este momento están todos bajo arresto!”

Sin perder tiempo manipuló su radio de comunicaciones para que se hiciera presente y controlara la situación uno de los pelotones leales al mando que se mantenía en las cercanías. Bruno no salía de su asombro. Únicamente las vivanderas se habían librado de semejante trampa; tampoco eran sospechosas de estar involucradas en la trama. Tomó una semana preparar una especie de reclusorio para los arrestados. Era una casa de adobe abandonada de una sola pieza cuya puerta y ventana fueron firmemente selladas con alambre de púas arrancado de los cercos aledaños. Durante ese tiempo debieron permanecer día y noche maniatados de pies y manos. Únicamente eran desatados uno por uno a la hora de comer y para atender sus necesidades biológicas. Bruno lloraba en silencio, no por debilidad del espíritu, sino de rabia, por haber creído ingenuamente que entre parientes, incluso las diferencias político ideológicas pueden resolverse dialogando.


A diferencia de lo que ocurre con las academias militares del establecimiento, las fuerzas irregulares se ven obligadas a ir a las hostilidades con muy poco o ningún conocimiento de los procedimientos de justicia en “casus belli”.


Poco más de dos meses hubieron de transcurrir antes que llegara su fin las deliberaciones a nivel del mando zonal que sustituían a un consejo de guerra propiamente dicho. Ineptitud en igual materia a nivel del mando supremo dio lugar a que ningún elemento de este nivel se apersonara a examinar directamente lo que allí sucedía.


Nelo nunca llegó a conocer a Sibrián, pero por medio de sus acólitos llegó a convencerse que los procedimientos que se ponían en práctica en la zona volcán habían logrado estabilizar las infiltraciones enemigas en la fuerza combativa. Bastaban sospechas para condenar a muerte por garrotazos a los acusados sin que mediara la acción de algún tribunal guerrillero.

En un inicio había Aldo adoptado la política del avestruz: ocultar la cabeza ante una situación que obligaba a una complicada decisión. Tuvo Nelo que emplearse a fondo para llegar al punto que él quería.

– “Tenés ante vos la oportunidad de pasar a la historia tal como pasó el camarada Stalin”, le dijo.

– “El enemigo pretende desprestigiar al soviético giorgiano acusándolo de numerosas purgas, en el partido, en el ejército…., en el pueblo… Pero ¿a dónde condujo la separación del grano bueno del malo…? Ni más ni menos que a la victoria sobre la Alemania Nazi…!


Nelo sabía que con ese tipo de razonamiento hacía pender de un hilo la vida de Bruno y sus seguidores, pero sus incursiones en territorios de la teoría política le habían aleccionado además que en la disputa por el poder no valen lazos de parentesco de ningún tipo. ¿No acaso el general Martínez había mandado a fusilar a parientes que le llevaban la contraria? Una noche más que la apasionada discusión les impedía dormir. Valía la pena, la moldeable arcilla por fin iba tomando forma. Aldo comenzó a soñar despierto. Le comenzó a invadir el extraño morbo de querer experimentar qué se siente tener la vida de otros hombres en la palma de la mano; luego se veía tomando las riendas no solo de la zona, sino del partido y el movimiento revolucionario La angustia se multiplicaba en los arrestados al pensar que podría aplicarse en ellos el método Siberiano.

– “Ya hemos discutido suficiente camaradas”, dijo Nelo hacia el resto del mando en su momento. “Ahora le toca a usted compañero Aldo, tomar la decisión” En algún párrafo sobre la vida de Stalin había Aldo leído que Josif se cubría las espaldas consultando la opinión de los parientes de sus víctimas.

– “¿Le parece a usted compañero, que su pariente ha cometido delito contra la revolución?”, preguntaba.

– “Sí compañero. Es evidente”

– “¿Le parece que debe ser castigado?”

– “Sí compañero”

– “¿Sí qué?”

– “Que debe ser castigado!”


No podía haber un aval de mayor peso que el de la matriarca Simona para que el castigo fuese moralmente legítimo. David José se libró de ser arrestado. Permanecía en el refugio cumpliendo tareas propias de su misión cuando comenzó a circular el rumor de lo sucedido. Desapareció de la escena y no se volvió a saber de él ni en el frente guerrillero ni en el refugio. Fue por otro canal que el mando de la zona informó a mamá Simona el detalle de los acontecimientos, preguntándole si era posible que se apersonara en la zona. Se le brindaría transporte y todo tipo de facilidades.


El objetivo era demostrarle con hechos la existencia del delito de alta traición y una de las pruebas era que David José, en lugar de dar la cara había desaparecido.


*

Continuara…